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La tentación autoritaria

Foto: FREDERICK FLORIN | AFP

Es de gran interés ver a Pedro Sánchez explicarse ante los suyos –ante sus extremeños, ante su Parlamento y ante su propio partido– cuando le exigen que aplique ya y en serio el 155 en Cataluña. Será por la distancia que nos separa, seguramente sentimental, pero las extremeñas razones han llegado un poco debilitadas y no me sorprende por lo tanto ver a Sánchez un poco desorientado. Mientras sólo exigía la derecha todo era un ladran luego cabalgamos, pero los suyos merecen explicaciones y Sánchez se las ha dado. Les ha explicado que eso sería inconstitucional. Que la ley es la misma pero la situación no. Y lo ha hecho con buena parte de razón. Antes se podía justificar el 155 porque se trataba de restablecer la legalidad mientras ahora no se puede porque el gobierno catalán está incómodo pero plenamente instalado en la Ley y en la Autonomía.

Decir que es inconstitucional es sólo una manera de decir que está mal para que lo entiendan al mismo tiempo los buenos patriotas socialistas y las antiguas derechas acomplejadas, que ni sabían ni osaban defender otro bien que la Constitución que nos hemos dado entre todos porque nos la hemos dado entre todos. Pero constitucional podría ser ya siempre porque tan constitucional es la cláusula en defensa de la legalidad como la cláusula en defensa del interés general del Estado. Podría ser constitucional porque esa cláusula, ese artículo todo, no es más que el homenaje que la razón democrática rinde a la razón de Estado. Y eso es algo que quizás podían olvidar las nuevas y acomplejadas derechas, pero que nunca jamás olvidarían unas derechas sin complejos ni complejas.

Estas saben perfectamente que se puede y se podrá al menos insistir siempre en aplicar el 155 porque saben que después de la primera vez la pregunta ya no es si sí sino ¿por qué no? Y esa es la pregunta que habrá que responder una y otra vez a todos aquellos que creen y con toda la razón del mundo que la primera vez no acabó con el problema. Hay que explicarles que hay problemas que la ley no puede resolver porque la ley democrática tiene sus límites y que si no tiene límites no es democrática. Habrá que seguir explicando una y otra vez por qué deberíamos tolerar que gobernase Cataluña (o Andalucía o Madrid… incluso Extremadura) una gente que dice y hace cosas que no gustan e incluso disgustan. Habrá que volver a explicar por qué no sólo es constitucional, sino bueno incluso, dejar gobernar a los malos de vez en cuando y cuando el pueblo se equivoque. Imagino que a un liberal desacomplejado no debería costarle mucho, pero no estoy seguro de que sean precisamente esos los complejos que se está sacudiendo nuestra derecha.

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