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La sátira no todo lo puede

Foto: FDR Presidential Library | Flickr bajo Licencia Creative Commons

Por fin veo en Filmin (ya sé que Bogdanovich y otros puristas proscriben el visionado de cine en soledad y pantalla casera) La muerte de Stalin. De su director, Armando Iannucci, había disfrutado In the Loop y tengo pendiente Veep. Se le da muy bien la sátira política, verborreica, estridente y coral, y esta vez apunta alto. Altísimo. Ni más ni menos que la lucha de poder tras la muerte de Stalin. No sale mal parado Iannucci de la ambiciosa tarea de convertir en brochazo y carcajada aquel vodevil terrorífico. Sin embargo, si uno ha leído la escalofriante crónica gótica La corte del zar rojo de Simon Sebag Montefiore, apreciará que ante tal barbarie siniestra en apariencia inverosímil la sátira poco puede aportar de original porque toda su capacidad aguijoneadora de la deformidad grotesca y absurda de la realidad está incrustada en el propio relato de los hechos descritos.

Esto es: que un sádico, pederasta y asesino como Beria, el tipo que dirigió las mayores purgas de la época estalinista, quisiera presentarse como el adalid del reformismo, del deshielo progresivo de la Guerra Fría y la política de suavización de la violencia de Estado tiene un punto de comicidad lisérgica solo al alcance de un régimen arraigado en el cinismo más inmundo y cruel. Por no hablar del inclasificable Molotov, capaz de seguir sonriente y servil a la sombra del amado líder mientras su querida esposa se chupaba cinco años de talego siberiano a partir de unas acusaciones falsas urdidas tras una de las frecuentes ojerizas paranoicas de Stalin.

O el bufonesco Jruschov, el menos sanguinario de la tropa pero igualmente presto a que le cuadraran las estadísticas de ejecuciones de fantásticos traidores trotskistas, y siempre dispuesto a aceptar cualquier humillación que divirtiera al sátrapa georgiano y animara las opíparas y etílicas veladas de la selecta corte de matarifes.

El film, con notables interpretaciones, dicho sea de paso, no hace más que condensar en menos de dos horas toda aquella monstruosidad a manera de astracanada demencial. El esperpento british tiene su gracia más allá de que su propiedad vitriólica esté mermada por el anacronismo y las ruinas definitivas del Muro de Berlín.

La sátira requiere presente palpable y una mirada sobre la realidad sulfurosa, escéptica y sin carné de partido. Sobran temas y faltan valientes.

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