Jordi Amat

La responsabilidad del tesorero

Hannah, buena chica y espabilada, ha escuchado la conversación en el comedor y al entrar en la cocina le cuenta el secreto a la bondadosa señora Jaeckel. La intención del Comandante Schultz es asesinar al tirano volando el Palacio. Nada más y nada menos. Pero él, honrados caballeros, no se arriesgará. Él dirige la misión. Él, uniformado, es el político. El honor de convertirse en el liberador será para uno de los judíos que se sientan entorno de la mesa escuchando su grave discurso patriótico. El elegido será el mártir a quien la historia recordará. ¿Quién será?.

Opinión

La responsabilidad del tesorero
Foto: Andres Kudacki
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

Hannah, buena chica y espabilada, ha escuchado la conversación en el comedor y al entrar en la cocina le cuenta el secreto a la bondadosa señora Jaeckel. La intención del Comandante Schultz es asesinar al tirano volando el Palacio. Nada más y nada menos. Pero él, honrados caballeros, no se arriesgará. Él dirige la misión. Él, uniformado, es el político. El honor de convertirse en el liberador será para uno de los judíos que se sientan entorno de la mesa escuchando su grave discurso patriótico. El elegido será el mártir a quien la historia recordará. ¿Quién será?.

Será el pobre diablo a quien le toque la ración de pudding donde el comandante ha escondido una moneda. Pero Hannah, a quien la idea del magnicidio le parece una locura, ha colocado una moneda en cada uno de los cinco puddings que ella, al salir de la cocina, deja sobre la mesa para abortar la elección. Todos los comensales, cuando descubren que tienen la moneda, se escaquean. Chaplin, el barbero bonachón de El gran dictador, se traga su moneda y otras dos. Cuando las vomita, las recoge y las esconde en su bolsillo en un plis plas. Todos se escaquean menos el señor Jaeckel. Es un hombre de honor que asume sus responsabilidades.

Cuando aceptaba su cargo en un partido político –el instrumento básico de la democracia representativa tal y como la conocíamos–, ¿el tesorero de la organización asumía con responsabilidad el riesgo de la alta misión que su dirección le encomendaba? La del tesorero es, sin duda, una posición orgánica necesaria y fundamental. Porque el dinero, en política, no es un factor menor. Sin dinero, en realidad, no hay victorias en política. Y sin victorias no hay ejercicio del poder, que es la esencia de la política y para la que existen los partidos. Lo recordaba ayer el Sabio de Ocata –Luri, claro– citando al maquiavélico Conde de Romanones. “Hablar del arte electoral y callarte la parte principal, el empleo del dinero, es una inocente hipocresía. Mientras la naturaleza del hombre no cambie, y no lleva camino de cambiar, el dinero es, y siempre será, elemento principal para la lucha y para la organización de los partidos, pues la propaganda eficaz sólo con dinero se hace”. A más dinero, mayor ventaja en la lucha electoral. Pero para conseguir dinero, cuánto más, mejor, demasiadas veces la financiación ilegal ha sido tan fácil como rápida. Ese era el secreto a voces.

Al tesorero, mal que bien, le ha tocado gestionar las comisiones pagadas por empresas privadas. Comisiones que sólo se consiguen estando en el poder. Y al cumplir con dicha misión orgánica, actuando de facto como el cortafuegos legal que concentra en su figura la mecánica de la corrupción, ha sido el agente que ha posibilitado la perpetuación de un sistema que duraba mientras lo ha ido carcomiendo su corrosión. ¿Alguien, por responsabilidad, tendrá el coraje martirial de volar el Palacio?

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