Beatriz Manjón

La 'rencorstrucción'

"El insulto es la coartada del político para no hablar de política

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La 'rencorstrucción'
Foto: JJ Guillén
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

Si algo se les está dando bien a nuestros políticos es la rencorstrucción nacional. No se trata de ninguna novedad, aunque se haya recalificado el terreno de las descalificaciones y el lanzamiento de muerto a la cabeza alcance cotas olímpicas. Para defenderse de los cadaverazos de hoy, cualquier día empiezan con los de la Guerra de Cuba. Wenceslao Fernández Flórez decía que él escribía, más que como cronista parlamentario, como “corresponsal de guerra”. Contaba la idea del conde de Romanones de poner una tarifa para los insultos, “que el Congreso no aprobará nunca, pues vendría a representar la ruina de muchos diputados”. En 1977 Fraga le recordaba a Carrillo los “pies negros y manchados de sangre” que asomaban bajo su piel de cordero, como en 2016 Iglesias previno a Sánchez de “aquellos que tienen manchado su pasado de cal viva”. Pero la indignación llega ahora que han llamado “hijo de terrorista” al vicepresidente, porque la crispación, como el infierno, son los otros, y, al igual que en la telerrealidad, se tolera el pimpón de improperios hasta que se menta a la familia.

Las burlas las carga el diablo. No estaría yo perpetrando estos textos si un crítico de televisión no hubiera escrito que solo se podía esperar de mí —entonces presentadora—una erección. Para no contrariarlo, tuve que empezar a levantarlas, las columnas, redactando con escote: a veces no hay mejor defensa que un buen destape. La ofensa es la placenta de muchas obras, una incubadora de vocaciones, la crema reafirmante de una postura. No se anula a un político ni se modifican sus ideas con oprobios. Al político, especialmente si es de un mismo partido, se le aniquila con halagos, por eso hay que preguntar como aquel personaje unamuniano: “¿Contra quién va ese elogio?”.

Los parlamentarios de antes, observó Jaime Campmany ya en 1984, “primero, piropeaban, y después embestían”, como en el galanteo: “Su señoría, que es persona tan inteligente, tan aguda de ingenio, de tan sólida formación jurídica, no puede afirmar…”. Ahora se relacionan sin preliminares, en un aquí te pillo, aquí te ataco, y no interesa anular la rivalidad, sino fomentarla, porque los odios son más fáciles de cumplir que los programas. El insulto es la coartada del político para no hablar de política; riñen cuentas para no rendir cuentas, conscientes de que la polémica es el opio del pueblo. Solo un cálculo oportunista —un odio, un voto— puede explicar que mujeres y hombres con un acusado don para inaugurarlo todo, desde un mojón a una terraza, sean incapaces de estrenar la concordia, más allá de colar la palabra en los discursos como hacen las mises en sus alegatos.

En su ensayo sobre el arte de injuriar, Borges cita su demolición literaria preferida: “Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo, muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia”. Están los políticos fatigando la infamia. Llegará el día en que la descalificación provoque el mismo efecto que la ombligada canción de verano de Leticia Sabater y, para distraer de lo importante, tengan sus señorías que pasar a las manos, como en un hemiciclo ucraniano, turco o venezolano. De momento, el miembro más golpeado del Congreso es el micrófono.

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