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La política y la felicidad

La revolución ha cuajado en los Jemeres Rojos y también en los Padres Fundadores

En la Revolución francesa, Burke vio la mezcla de “ligereza y ferocidad” que iba a ser común a todas las revoluciones, pero el propio Burke estaría de acuerdo en que no es lo mismo la Revolución rusa que la Revolución de terciopelo. Dicho de otro modo, el élan de la indignación tiene sus ambivalencias, y si ha podido cuajar en la vesania de los Jemeres Rojos, también cuajó en la sabiduría de los Padres Fundadores.
Que hoy la indignación tenga una prima positiva no necesita mucha argumentación: basta una mirada a las modelos que desfilan por lo mejor de París tocadas con una gorra a lo Che. El mito revolucionario sigue teniendo un revestimiento de prestigio: lejanamente, todos somos hijos de la desobediencia liberal; más cerca, el hervor de los sesenta dio cauce a causas tan santas como la igualdad racial. La revolución, por tanto, no sólo se ha visto admirable: también se ha visto vencedora. Motivo de más para esa prima positiva, cuando no para leer la historia como un progreso lineal, barrera tras barrera –algo así como el largo deletreo de la palabra “podemos”.
En un ensayo muy lúcido, La revolución divertida, González Férriz se pregunta si no habremos desustanciado el viejo impulso de las revoluciones. Al fin y al cabo, tal vez no merezca el mismo empeño moral luchar por la igualdad de las razas o los sexos que reclamar la gratuidad de los empastes, y parar los tanques en la plaza de Tiananmen requiere un punto más de heroísmo que plantar una tienda de campaña en la puerta del Sol. Ni siquiera es equiparable seguir la prédica de M. Sastre y retuitear a Barbijaputa.
El problema, sin embargo, no es sólo de calidad intelectual, de proporción o de épica; ni siquiera de que todos –revolucionarios y contrarrevolucionarios- compartan ese mismo “fuste torcido” por el que, precisamente, se tuercen tantas buenas intenciones. Ocurre que el exceso de ardor tiene su contradicción: el sentimiento de indignación, por su propia naturaleza, no tiende a generar grandes oposiciones internas; antes al contrario, halaga como una borrachera de razón y bondad moral. Y cuando uno cree de modo tan absoluto en el bien inmaculado y absoluto de su causa, es difícil que se avenga a aceptar otras razones.
Ahí hay algo que la nueva política puede aprender de la vieja, en concreto, de ese parlamentarismo moderno que nace de saber que cada uno tiene sus sesgos; que la política es polémica, pero ante todo el arte de encauzar esa polémica. Cuando Pendás afirma que la fundación de la democracia es la buena educación, no sólo habla del compromiso con cierta idea de virtud ciudadana, sino también de la tolerancia de abrirse a que el otro tenga palabra. Eso exige sutilezas y componendas por lo general lejanas de las urgencias políticas de la ruptura, de la pureza radical de la indignación.  
En muy poco tiempo, hemos pasado de la desafección a una nueva creencia en la política tan exigente que le pedimos incluso –pensemos en las apelaciones a “la felicidad” de estos días- lo que nunca ha podido conseguir. Al final, todo ánimo revolucionario tal vez implique un exceso de fe en las capacidades de la política. “Lo queremos todo y lo queremos ahora”. Burke, en cambio, dio un consejo de cautela a los revolucionarios de su época: que, con el afán por cambiarlo todo, no se nos vayan también esas “gracias inapreciables de la vida” que, como la idea de la felicidad, son irreductibles a política.   

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