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La policía y otros mitos británicos

Del chascarrillo tradicional “el infierno es un lugar donde los cocineros son ingleses, la policía es alemana, los amantes son suizos, los mecánicos franceses, y todo ello organizado por italianos” se suele olvidar que tiene otra parte complementaria: “El cielo es un lugar donde la policía es británica, los amantes son franceses, los mecánicos son alemanes, los cocineros italianos, y todo ello organizado por suizos”. La policía británica, unarmed & polite, es parte de la leyenda de Gran Bretaña, entiéndase del lado luminoso de ésta.  Como si todos tuvieran el ADN del estereotipo literario de poli gentleman como el comandante Dalgliesh de P.D.James, poeta elegante al volante de un Jaguar, modelo Darcy by Jane Austen.

Desde luego había algo de mito, o mucho, como ironizaba el diálogo de Joe Orton, aquel dramaturgo provocador que llegó a ser un género en sí mismo llamado ‘ortonesque’ –revisitable en la película Prick up your ears de Stephen Frears –en Loot, obra en la que dos ladrones ocultan su botín en el ataúd de la madre muerta de uno de ellos, satirizando el catolicismo, las actitudes ante la muerte y la integridad policial. Cuando un personaje exalta el viejo marchamo de prestigio moral de la policía británica , el Inspector Truscott responde: “Ese es un error que ya ha sido rectificado”.

Estos días, desde luego, se ve que la resistencia de la leyenda es cada vez más débil. Su eficacia, como la del servicio secreto estereotipado en el personaje de Bond, están bajo sospecha; y en el ojo desolado del huracán tras los atentados. Al menos tres de los cinco últimos terroristas habían sido denunciados por familiares, conocidos o miembros de la comunidad musulmana. Uno de ellos, expulsado de dos mezquitas, incluso apareció en el documental Los yihadistas de la puerta de al lado de Channel4. La policía tiene limitaciones, pero, como sucedió en Bélgica, también agujeros negros.

Claro que lo sucedido va más allá de la leyenda de Scotland Yard. Los españoles nos hemos martirizado por nuestros errores, con el lastre de ‘la leyenda negra’, creyendo que son impensables en otras democracias; y a todo lo sucedido tras el 11M, tan sonrojante, le adjuntábamos el sintagma: “esto no sucedería en…” sobre todo “en Gran Bretaña”. Pero ahí está Theresa May rompiendo la tregua con un discurso ventajista; o Jeremy Corbyn vinculando los atentados con los recortes de veinte mil policías que, en sus seis años como ministra del Interior, realizó la señora May, a la que llaman Mayday los medios de agitación tras su éxito con el Brexit. Entre nuestro mito (“Esto no sucedería en el Reino Unido”) y la realidad hay un abismo; como suele suceder con toda leyenda, aun tan devaluada como la británica, una sociedad empobrecida y embrutecida bajo una élite poderosa. Y que tres días después del atentado, con un número no incontrolable de víctimas y heridos, hubiera ayer familias prolongando  “una agonía innecesaria” sin saber de los suyos, como el español Echeverría, supone una vergüenza indecorosa. Ellos no lo dirán, pero bien se podría decir: “esto no sucedería en España”. Sin duda no.

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