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La pesadilla del hambre

Desde hace un tiempo he tomado conciencia de lo que supone poder elegir qué comer, que no es otra cosa que una bendición divina por la que deberíamos dar gracias cada día; he valorado que el simple hecho de comer varias veces todos los días es un lujo que no todos pueden permitirse

Siempre he sido muy exquisita con la comida. Me gustan pocas cosas, he protestado mucho y he tirado más de una vez lo que no me gustaba a la basura. Con el paso de los años he mejorado, pero sigo siendo muy especial a la hora de escoger qué comer. No puedo remediarlo… Creo. 

Desde hace un tiempo he tomado conciencia de lo que supone poder elegir qué comer, que no es otra cosa que una bendición divina por la que deberíamos dar gracias cada día; he valorado que el simple hecho de comer varias veces todos los días es un lujo que no todos pueden permitirse y me he dado cuenta también de que tirar comida a la basura es un atentado incomprensible. Y, lamentablemente, existen muchos lugares donde comer es un lujo que no está disponible al alcance de todos. Un lujo, señores… Pero es que, en realidad, es una necesidad básica, la primera que debemos cubrir.

EEUU, Canadá y Australia tiran a la basura el 39% de los alimentos. Desperdiciamos 1.300 millones de toneladas de comida mientras en el mundo mueren a su vez 795 millones de personas desnutridas.  Solo con la cuarta parte de esa comida se acabaría con el hambre en el mundo. ¿No deberíamos hacer un ejercicio de reflexión ante estos datos?

Antes de tirar una sola miga de pan a la basura deberíamos pensar lo que otros darían por poder alimentarse con ella. Y también valorar que tenemos en nuestra mano la posibilidad de que el hambre en el mundo solo sea una pesadilla y, sin embargo, no hacemos lo suficiente para que los que la sufren, despierten. 

“A veces pensamos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”.

Madre Teresa de Calcuta

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