Miguel Angel Serrano

La muerte del cine

Leo con sonrojo que la ciudad de Nueva York quiere eliminar a 2.200 cisnes que parece ser que molestan a los viandantes e incluso al tráfico aéreo. Además contaminan, y eso sí que no.

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La muerte del cine

Leo con sonrojo que la ciudad de Nueva York quiere eliminar a 2.200 cisnes que parece ser que molestan a los viandantes e incluso al tráfico aéreo. Además contaminan, y eso sí que no.

Leo con sonrojo que la ciudad de Nueva York quiere eliminar a 2.200 cisnes que parece ser que molestan a los viandantes e incluso al tráfico aéreo. Además contaminan, y eso sí que no. Es cierto que por lo general los cisnes tienen mal carácter, son muy posesivos. Por eso Zeus, transformado en ese animal, yace con Leda y de ahí nacen Cástor y Pólux, que tienden a liarla. O sea, que no son animales de fiar, y andan por Central Park ensoberbecidos en su mítica belleza. 

Yo creo que eso es lo que molesta. Primero, que el patito feo se pueda convertir en cisne, pues eso da esperanzas en el país que proclama el derecho a perseguir la felicidad. Dado que últimamente lo de disimular la desigualdad se considera innecesario, quitar esa posibilidad a los patos feos parece consecuente: foie gras, a lo sumo. Total, de feos que somos solo valemos para la radio. 

Segundo, y por ahí está la clave: los cisnes nos recuerdan la gracilidad, la elegancia perdida. Son habituales, pero raros. Junto a los pavos reales, nos traen memoria de la gravitas. Los pavos observan y los cisnes preguntan. Y a lo mejor eso también molesta en esa ciudad que no duerme por si hay dinero que ganar. No les auguro buenos tiempos a los pavos reales, especialmente en Acción de Gracias. 

Cuando apareció la inacabable crisis financiera yo andaba leyendo El Cisne Negro, de Nassim Nicholas Taleb, que explicaba muy bien las consecuencias de los sucesos de baja probabilidad y alto impacto. Cayó Lehman Brothers y ahí empezó todo. El título se justifica en que en la Edad Media se pensaba que no había cisnes negros, y se decía que tal o cual cosa ocurrirían el día que apareciera uno de ellos. El equivalente a las ranas que crían pelo. 

Tristes tiempos aquéllos en los que los endiosados campan por sus respetos, como si gozaran de la protección de Zeus. Así pasaron estas cosas: la vergüenza y el daño tiñeron el blanco que nos empeñábamos en ver mirando a otro lado. De modo que yo creo que se van a cargar a los cisnes para eliminar la posibilidad. Se me entiende, supongo, mientras se me entristece el comentario.

Porque para más castigo, ha muerto Philip Seymour Hoffman, uno de esos raros patos o dioses transfigurados, quién sabe, anticipando así el vacío. Ni veremos la eterna pregunta del cuello de los cisnes, ni los ojos tristes del gran actor que parecía cuestionarse, y cuestionarnos, sobre su arte. Dicen que el cisne canta maravillosamente antes de morir. Tal vez Hoffman prefiguró, durante años de coqueteo con la droga, su propio fin e hizo de la interpretación su asombroso cántico. Nueva York sin cisnes será menos Nueva York. El cine sin Hoffman, menos cine. 

 

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