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La mala educación

Foto: Manu Fernandez | AP Foto

Aunque gusta de cierta suavidad rayana en la untuosidad de formas, la alcaldesa de Barcelona nos tiene acostumbrados a espectáculos de mala educación que probablemente se deban a una necesidad perentoria de suplir con gestos de ostentación mediática una preocupante carencia de eficacia gestora.

Añadida a su afán perejil (presente en todas las salsas) y a su encarnación prosopopéyIca de la izquierda bienqueda, las maneras desagradables de Ada Colau se han convertido en rúbrica de una inanidad impotente y antipática. Como una anfitriona inquisitiva e impaciente, y valiéndose de un cargo que parece entender menos por sus deberes que por sus privilegios, no desaprovecha ocasión de reñir o desairar a todo aquel que no se encuadre en sus férreos y un tanto peligrosos esquemas ideológicos. Para ello, además, cuenta con una guardia pretoriana igual de enfurruñada y fiscalizadora.

La última, es bien sabido, fue desatender los más básicos principios de la hospitalidad confundiendo el gesto político con la falta de consideración hacia un invitado que además y hasta nuevo aviso es el jefe del Estado. Colau justificó su desidia profesional y descortesía arguyendo que lo suyo no son los besamanos y que los políticos presos tienen condición de pixelados presos políticos.

Su desprecio por el protocolo y sus opiniones de cacerolada nos parecerían perfectos si no fuera ella (y cobrara por ello) la representante de todos los barceloneses.

Así que mejor sería que antes de salir de casa se tragara todo su ímpetu adolescente y desfachatez de barricada, y empezara a comportarse acorde con su edad y condición. Nos dijo que lo suyo no era ni pretendía ser la carrera política justo antes de presentarse como candidata a la alcaldía de Barcelona. Viendo cómo hace dejación de su cargo institucional en aras del activismo más pirotécnico y mendaz no nos cabe la menor duda de que así es. Lo suyo no es la política, pero sí en cambio parece serlo la poltrona.

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