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La Madre Teresa es culpable mientras no se demuestre lo contrario

Sería un poco ocioso reprochar a la Iglesia católica que manipule pruebas: lo hace por definición, y le he ido bastante bien. Un falso milagro es un pleonasmo, aunque a menudo es interesante ver cómo se hizo el truco. Tampoco es exactamente una novedad que la Iglesia incumpla o altere sus propias reglas con fines propagandísticos. Pero algunas recomendaciones de la institución tienen efecto en mucha gente y el concepto de “santo” posee un sentido laico: a menudo se ha presentado a la madre Teresa como un ser admirable desde un punto de vista secular.

Todos los santos son culpables mientras no se demuestre lo contrario, escribió George Orwell. Los defensores de la madre Teresa de Calcuta tendrían que esforzarse un poco más en demostrarlo. Desde el formidable ataque de Christopher Hitchens, que la definió como una “fanática, una fundamentalista y un fraude”, se han conocido muchos aspectos discutibles de las prácticas de la religiosa albanesa: el trato deliberadamente inadecuado y anticientífico a los enfermos en sus centros, la falta de transparencia de su organización, su cercanía a sátrapas.

Su ostentosa modestia dejaba de ser modesta. Se opuso al divorcio y apoyó el “no” en el referéndum celebrado en Irlanda (en cambio, cuando su amiga Lady Di se divorció, ella dijo que se alegraba de que hubiera podido salir de un matrimonio infeliz). Aceptó distinciones y dinero de dictadores como Duvalier: la justificación que oímos con frecuencia es que al final iba a los pobres, pero ese dinero a menudo se había extraído a los pobres. Pidió sentencias indulgentes para criminales que le habían dado dinero robado (y que ella se negó a devolver). Personas que conocen sus centros han criticado las condiciones, las medidas higiénicas, la formación del personal y la atención a los enfermos: el proselitismo estaba por encima de la sanación. “El bienestar espiritual de los pobres era lo más importante”, dijo Susan Shields, que trabajó nueve años en centros de la monja. (Cuando la madre Teresa enfermó prefirió tratarse en una clínica californiana.) En una ocasión, se frustró la reconstrucción de un hogar de pobres en el Bronx porque las regulaciones exigían que hubiera ascensor para los minusválidos. La ciudad se ofreció a pagar por el ascensor, pero a la madre Teresa le parecía inaceptable. En sus centros, instruía a las enfermeras a bautizar a los moribundos sin su consentimiento.

Uno de los aspectos más nocivos de la madre Teresa, y una de las razones por las que ha resultado más útil para la Iglesia católica, fue su defensa activa de una agenda ultraconservadora sobre la moral sexual y los derechos de las mujeres. Se oponía a los anticonceptivos: “La forma de planificar la familia es la planificación natural, no los anticonceptivos”. Utilizarlos “lleva la atención a uno mismo y destruye el don del amor”. El mayor destructor del amor y la paz en el mundo, dijo en repetidas ocasiones, era el aborto. En los años noventa, en Cork, dijo a una multitud: “Prometamos a Nuestra Señora que ama tanto a Irlanda que nunca permitiremos un solo aborto en este país. Ni anticonceptivos”. No solo defendía que los católicos siguieran una postura determinada: defendía que pudieran imponérsela a todos los ciudadanos de un país. Según la enfermera Emily Lewis, pensaba que el sida era una justa retribución por una conducta sexual inadecuada, y afirmaba que no permitiría que una mujer o una pareja que hubiera interrumpido un embarazo adoptara a sus “bebés”.

Su oposición a que las mujeres tomaran el control de su sexualidad y de su capacidad reproductiva -una libertad esencial, un componente necesario de la emancipación y un elemento fundamental para mejorar la situación económica de un país y de sus ciudadanos- no debería resultar sorprendente. Como escribió Hitchens, no era una amiga de los pobres, sino de la pobreza. No de los que sufren, sino de las virtudes del sufrimiento.

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