Hermann Tertsch

La lucha del miedo y la piedad

El horror ante la enfermedad despoja de humanidad a los sanos. El miedo mata la piedad. Por esoss on algo más que héroes quienes han acudido en socorro de los abandonados y desahuciados en los países más afectados y desafían allí el contagio y la muerte.

Opinión

La lucha del miedo y la piedad

El horror ante la enfermedad despoja de humanidad a los sanos. El miedo mata la piedad. Por esoss on algo más que héroes quienes han acudido en socorro de los abandonados y desahuciados en los países más afectados y desafían allí el contagio y la muerte.

El miedo es necesario para la supervivencia. El miedo es comprensible. El miedo tantas veces es disculpable en sí mismo y disculpa a su vez tantísimas actuaciones humanas. Pero el miedo es también motor de algunos de los más profundos abismos de la abyección humana. Y probablemente no haya hoy en día ninguna región del mundo en la que se viva y sufra tanto miedo como los países del Golfo de Guinea centro de la epidemia del virus del Ebola que no deja de extenderse.

Como un inmenso tsunami que paraliza corazones, congela emociones y transforma a los individuos, el miedo se extiende con mil veces mayor velocidad y fuerza que el virus. Liberia es ya un país a punto de deslizarse en una crisis existencial por una enfermedad hoy fuera de control y que pronto podría afectar a quince países africanos.

Los sistemas sanitarios de los principales países afectados han colapsado y se ha disparado la mortandad por otras enfermedades así como de recién nacidos por falta de medios. El ébola “solo” ha matado a 2.500 de momento, casi la mitad de los infectados de que se tiene noticia. Pero nadie sabe lo que puede esperarnos en las próximas semanas y meses. La OMS ha presupuestado 1.000 millones de dólares como gasto inmediato necesario, diez veces más de lo previsto hace tan solo semanas.

Estados Unidos es el único país no africano que ha respondido con rapidez ante la epidemia. Da la impresión de que en Europa, pasada la alarma inicial de que la enfermedad podría llegar hasta su territorio, se han relajado todos los gobiernos.

Y allí, donde en la miseria y hospitales abandonados por el terror por pacientes de otras enfermedades, mueren los contagiados muchas veces tirados por calles y suelos sin ayuda y evitados como los apestados que son para sus conciudadanos. El miedo lleva a despoblar hospitales y a evitar a médicos. Y a muchos funcionarios y también gobernantes de estos países a utilizar sus privilegios para ponerse a salvo ellos y sus familias. Pero también a que la población vea a quienes intentan ayudar contra la enfermedad como portadores de la enfermedad misma. Y por tanto como enemigos.

El horror ante la enfermedad despoja de humanidad a los sanos. El miedo mata la piedad. Por eso precisamente y en ese escenario de horror, surgen como gigantes del amor y la compasión los individuos que desafían ese miedo al peligro mortal silencioso e invisible que por todas partes se intuye. Por eso son algo más que héroes quienes, pudiendo estar muy lejos y en seguridad, han acudido en socorro de los abandonados y desahuciados en los países más afectados y desafían allí el contagio y la muerte. Quienes superan ese miedo tan intenso merecen la inmensa gratitud y la admiración imperecedera porque nos demuestran que en el sur humano puede haber tanta piedad como para vencer incluso a este miedo total.

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