David Mejía

La infraizquierda

"Hay quienes nos hemos mostrado muy críticos con este Gobierno. Para nosotros, el problema de España no es la ultraizquierda, sino la infraizquierda"

Opinión

La infraizquierda
Foto: Bernat Armangue
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

Desde que se constituyó el actual Gobierno, sus portavoces -y los periodistas que ejercen como tales en distintos medios- han insistido en presentar a sus críticos como enemigos de la izquierda y de los valores progresistas. Parece una inversión de la falacia del hombre de paja: no se exageran los males del adversario, sino las virtudes propias. Este simplismo falaz sirve para contentar a los propios y enojar a la derecha más histérica, cada día más convencida de que España está en manos de una ultraizquierda bolivariana y castrochavista. Sin embargo, hay quienes nos hemos mostrado muy críticos con este Gobierno por su sumisión ante el nacionalismo, su debilidad conceptual y el infantilismo de alguno de sus miembros: para nosotros, el problema de España no es la ultraizquierda, sino la infraizquierda.

Los dos autores que con mayor precisión han tomado la medida a nuestra infraizquierda son el escritor Alberto Olmos y el profesor Félix Ovejero. El primero, desde un ángulo sociocultural, ha retratado con agudeza cómo el izquierdismo opera socialmente como un fetiche identitario que completa las New Balance y el Iphone. Ovejero, por su parte, ha atacado el núcleo conceptual, analizando con rigor su deriva reaccionaria, es decir, el giro mediante el cual la izquierda ha ido abandonando la tradición ilustrada. La izquierda de hoy ha sustituido el principio igualitario por la superstición identitaria, algo muy evidente en nuestro país, donde su complicidad con el nacionalismo se estrecha cada día. Olmos y Ovejero han articulado como nadie la voz de quienes nos sentimos desamparados por una izquierda que ha renunciado a lo mejor de su tradición en aras de un discurso divisivo, insolidario, frívolo y supersticioso.

Por desgracia, este razonar libérrimo y valiente no es la norma; lo habitual es rendir fidelidad a las siglas, no a los valores. Es evidente que quienes aplaudieron los planes a Sánchez antes de las elecciones no deberían aplaudirle ahora, y sin embargo lo hacen; es comprensible: lejos de la tribu hace mucho frío. También es entendible que a muchos votantes de izquierda les cueste rebelarse contra un imaginario tan poderoso. Por eso la tarea más importante de quienes nos identificamos con esta tradición es hacer entender, a quien quiera escuchar, que la izquierda ha cambiado de enemigos.

Se escucha en boca de liberales y conservadores que el fracaso de la izquierda es históricamente evidente, pero es falso: sus logros están tan asimilados por la democracia liberal que hemos perdido de vista sus raíces que, de nuevo, penetran en lo más profundo de la tradición ilustrada. En el pecho de nuestras democracias late el principio socialista de autorrealización, y este principio fundamental no es solo un escudo contra la posible discriminación por raza, sexo o clase, sino un alegato a favor de la Ley, es decir, contra la arbitrariedad del poder; sí, amigos, la «judicialización» es uno de los grandes logros históricos de la izquierda.

Por eso duele ver esta tradición deshonrada por quienes ondean su bandera pero traicionan sus principios. Resaltemos que lo que a muchos nos inflama no es el rugido de león de la supuesta izquierda, sino el triste maullido afónico de la infraizquierda. Es evidente –y me perdonará mi amigo Juan Claudio este ingenuo ejercicio de sebastianismo- que necesitamos una alternativa. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras nuestra izquierda sigue cabalgando la triste llanura de la nada.

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