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La guerra de los poetas

La modernolatría del futurismo había dado en hacer la alabanza de la “vida peligrosa” y en “glorificar la guerra” como “única higiene del mundo”. Esos eran alardes que podían pronunciarse en lo que Zweig llamó “la edad de oro de la seguridad”.

La modernolatría del futurismo había dado en hacer la alabanza de la “vida peligrosa” y en “glorificar la guerra” como “única higiene del mundo”. Esos eran alardes que podían pronunciarse en lo que Zweig llamó “la edad de oro de la seguridad”, cuando creer en “recaídas en la barbarie” era “como creer en brujas y fantasmas”. Al poco tiempo, la Gran Guerra iba a llegar a Europa para –como dijo Edward Thomas- “devolver a los hombres al barro” y, de paso, dar al futurismo una excelente ocasión para callar.

En su estudio clásico sobre la literatura y la Primera Guerra Mundial, el magnífico Paul Fussell nos habla del “carácter increíble” y, por tanto, “incomunicable” de la Gran Guerra. La bizarría de los uniformes de los húsares todavía podía cantarse; la máquina bélica moderna, anónima, de la guerra, ya no. Ante la “experiencia de los límites”, el escritor se encuentra “en una posición imposible ante una nueva realidad”: existe una colisión entre los hechos –dice Fussell- y el lenguaje disponible para describirlos. De Renn a Jünger, ese silencio se nota hasta en los permisos del soldado: siempre habrá una cesura entre él y los demás.

Quizá de esas dificultades venga la larga metabolización literaria de la guerra: los primeros libros notables comienzan a aparecer una década después del armisticio. Sin embargo, aquella Gran Guerra incomunicable iba a ser también la “guerra de los poetas”, de Rupert Brooke a Wilfred Owen, de verdad tan compleja al decir el ardor y el horror que los grandes libros de la Segunda Guerra Mundial iban a ser no más que cómics. Hoy, cuando oímos quejas del agolpamiento de novedades editoriales sobre el 14, quizá haya que repensar la escritura como cauce de la experiencia humana, la responsabilidad de la palabra, la literatura –según quería Ortega- dotada de temperatura y luz. Todo menos una pasión inútil.

Al volver a su palacio de Weimar en 1918, el conde Kessler –angloalemán- repasa sus pertenencias del ayer: los cigarros persas, los libros de d’Annunzio y de Wilde, tanta “vieja vida europea” entre el gabinete y el salón, como pecios de una edad cosmopolita. Todo parecía –apunta Kessler- 1913 todavía. Sin embargo, no lo era. Por medio habían pasado el Marne, el Somme y Verdún para demostrar que aquella “vieja vida europea” sí importaba, que dar testimonio del horror no es sino una deuda con nuestra propia dignidad.

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