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La fútil existencia de la Asamblea General

Naciones Unidas es con contrasentido en sí mismo que ha logrado ser la inútil esperanza de ‘los nadie’ y la inmóvil disculpa de los dueños del balón.

Si el país organizador de los Juegos Olímpicos nombra a dedo a los árbitros y jueces de las competiciones, de nada sirven reglamentos y normativas deportivas. Pase lo que pase, la sospecha manchará el desarrollo de las justas sin sangre.

Algo así ocurre con Naciones Unidas, una institución paquidérmica, antidemocrática y asimétrica en la que cualquier juego limpio es empañado por la mera existencia del Consejo de Seguridad y que cumple con un extraño papel en el nuevo orden mundial: mientras los excluidos del planeta siguen acudiendo a ella en ordenada fila remansada a pedir justicia, comprensión y arbitraje, los poderosos saben que la ONU sólo cumple de barrera ética aparente para cubrir sus desmanes.

Declaraciones, resoluciones y marcos jurídicos internacionales son papel mojado cuando los encargados de asegurar su cumplimiento saben de antemano que no los van a cumplir.

Comienza la Asamblea General y el ritual se repite. Los presidentes de los países sin peso juegan a visitar la capital del mundo en igualdad de condiciones, los dueños del balón global los reciben bajo el decreto temporal que les exime  de la genuflexión, en las puertas del falso territorio internacional del Turtle Bay se manifiestan un puñado de sudaneses a los que no se les permite adscripción cardinal, y se escucharán pomposos e infantiles discursos desde el famoso estrado que ora huele a azufre ora a mentira universal.

Oriente Próximo es la mayor prueba de la perversa parálisis de las Naciones Unidas, pero son demasiados los casos que se acumulan en la irresolución de conflictos habitual de esta institución creada y controlada por los mismos que nos regalaron un siglo XX feroz y sangriento y que nos prepararon un inicio del XXI casi apocalíptico.

La Asamblea se reúne… Atención: escuchemos el atronador silencio de sus palabras, fijémonos en la torpe semántica de sus gestos, dejemos que los altos funcionarios sigan cobrando esos salarios meteóricos mientras garantizan que nada cambia, apostemos a la nada para que la congregación de la mentira sesione en la inmensa sala pagada con el generoso dinero manchado de Rockefeller. Ellos destruyen y ellos construyen. Los pueblos, mientras, siguen por televisión su fútil existencia.

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