Antonio García Maldonado

La fiesta inglesa del corcho

«El Brexit tiene mucho de trampantojo, de fiesta nacional hueca del nacionalismo inglés, tras la cual notaremos la resaca, para finalmente estabilizarnos en algo muy parecido a nuestra vida en común hasta ahora»

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La fiesta inglesa del corcho

Se consumó el Brexit, y del hastío nace un alivio pasajero. Reconfortan las imágenes de los eurodiputados británicos emocionados y cantando junto al resto de parlamentarios el himno escocés Auld Lang Syne. Hasta el punto de que reverdeció por unas horas en el ánimo de los remainers la posibilidad de volver pronto al club comunitario. Esperanza que se justifica por la fractura generacional de Reino Unido, donde los jóvenes votaron muy mayoritariamente por la permanencia, frente a los mayores de 60, abrumadoramente a favor de la salida. Pero conviene no llamarse a engaño, ni sobre la posibilidad ni sobre la deseabilidad de que esto suceda.

En cuanto a la probabilidad de que las generaciones contrarias al Brexit sean mayoritarias y políticamente más decisivas en el futuro, cabe apuntar aquello tan básico que explicaba como si fuera un hallazgo un personaje de Les Luthiers, un filósofo engolado y epatante al que daba vida y voz Marcos Mundstock: «Los niños de hoy mañana serán hombres». Razonamiento a su vez subyacente en la forma hilarante en la que el propio Mundstock anunciaba los actos del Gran Circo Gran en uno de sus números: «¡Estarán con nosotros los niños cantores de Viena! ¡Venga a verlos… antes de que crezcan!». Si no cambia el ecosistema político y mediático, es poco realista esperar que las generaciones más jóvenes no sufran una mutación similar a la de sus padres y abuelos. Ellos, alguna vez, también fueron mayoritariamente favorables a la entrada en la UE, sin que la UE haya cometido agravios que justifiquen su sostenida retórica euroescéptica, mucho menos el abandono del club.

Respecto a la deseabilidad, tampoco están muy claras las cosas: pese a sus muchas concesiones, Reino Unido ha entorpecido la integración y ha dificultado la construcción de la Unión como un poder autónomo efectivo. Todo lo que aportaba –que no era poco– en materia de defensa y seguridad, además de en inversiones y comercio, lo seguirá haciendo en el futuro. Las partes –Reino Unido y la mayoría de Estados del club– están integradas en la OTAN y estarán amparadas por un acuerdo de salida que, más allá de la retórica inflamada y las amenazas, tiene como mejor garantía los intereses mutuos y las distintas colonias de expatriados a un lado y a otro del Canal de la Mancha. Quizá sea lo mejor ese «living apart together» que será el nuevo acuerdo.

Porque en el fondo, el Brexit tiene mucho de trampantojo, de fiesta nacional hueca del nacionalismo inglés, tras la cual notaremos la resaca, para finalmente estabilizarnos en algo muy parecido a nuestra vida en común hasta ahora. Quizá algunos crean tener más «control» o «soberanía» y vivan así más tranquilos, pero sólo será así en su mente analógica. El mundo ya no funciona así, y no va a volver a hacerlo por más que una mayoría de ingleses viva con la nostalgia del imperio incrustada en el sistema límbico.

En una larga carta en la edición del fin de semana pasado del Financial Times, el escritor inglés Louis de Bernières aducía como uno de los motivos importantes para apoyar el Brexit algo curioso: que qué es esto de que los escoceses puedan ir por el mundo con su bandera prestigiosa pero que cuando se sacaba la bandera inglesa enseguida pensaban que uno era un hooligan borracho. Afirmaba sin ambages que estaba no sólo dispuesto, sino predispuesto, a romper su país porque, según explicaba, los escolares ingleses ya no se sabían las canciones populares inglesas, a diferencia de los niños escoceses y galeses con las suyas. Una patada a las disfunciones que el nacionalismo inglés ve en su propia Unión, pero que dan en el trasero de otra Unión, la nuestra.

Recuerdo un chiste absurdo que en mi entorno se contó mucho durante unos años y  que tiene mucho de metáfora del Brexit y el nacionalismo inglés. Un alcalde se asomaba día tras día al balcón del ayuntamiento frente a una multitud enfervorecida ante la que hacía las cuentas de cuánto quedaba para la esperada fiesta del corcho de la localidad. «¡Vecinos! ‘¡Quedan 364 días para la fiesta del corcho!»… «¡Vecinos! ¡Quedan 10 días para la fiesta del corcho!»… Y así hasta que llegaba el día, en el que el alcalde aparecía en el mismo balcón con una botella de champán, que movía y a la que quitaba el corcho, para limitarse a decir después y entre aplausos: «¡Hala, hasta el año que viene!»

Ese alcalde tiene toda la pinta de ser del Partido Conservador Británico, o quizá sea el propio Farage, que antes de ayer agitaba eufórico su banderita en el Parlamento Europeo como si quisiera anunciar a los británicos cuántos días quedan para la próxima fiesta del Brexit.

Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

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