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La fe y la taza de té

Cada vez mayor número de personas sólo da en pisar una vez la iglesia: concretamente, el día de su entierro.Los elogios que ha recibido la Iglesia de Inglaterra a lo largo de su historia no son, quizá, los más comunes al hablar de la vida del espíritu.

Los elogios que ha recibido la Iglesia de Inglaterra a lo largo de su historia no son, quizá, los más comunes al hablar de la vida del espíritu. Hubo quien la alabó por “práctica, cómoda y nada entrometida”. Otros le vieron una “elasticidad muy británica”, y no ha faltado quien la describa como “la menos religiosa de las iglesias para el menos religioso de los pueblos”. Según dijo –creo- Paxman, “a nadie se le ocurre pensar, leyendo a Trollope, que la misión de la Iglesia de Inglaterra sea salvar el mundo”. Quizá por eso mismo el anglicanismo dio a un Trollope –magnífico- pero no a un Graham Greene.

Con Newman y con Wesley, con cuáqueros y presbiterianos, con la biblia King James y Beda el Venerable, quizá haya que ponderar si Gran Bretaña no habrá sido en verdad “la isla de los santos”. Los católicos la vieron como “dote de María”. Pensar en el país como nuevo Israel fue lugar común del anglicanismo. Wellington siente la mano de Dios en la batalla de Waterloo. Y Swedenborg, en fin, reserva una porción especial de cielo para los hijos de Albión.

Vivimos tiempos, quizá, menos piadosos. Cada vez mayor número de personas sólo da en pisar una vez la iglesia: concretamente, el día de su entierro. En Gran Bretaña tendrán suerte si, para entonces, la parroquia en cuestión no se ha reconvertido en un salón de té. Aun así, la “educada indiferencia” que se les ha atribuido a los ingleses en cuestión de fe, parece haberse revertido con el fin del liderazgo moral del anglicanismo: nunca antes hubo en Inglaterra, como hay hoy, un anticlericalismo crudo, o campañas en favor del ateísmo.

Quizá, en una cultura cristiana, la síntesis anglicana podía servir a una gran clientela con aquella ambigüedad que cifró un obispo al hablar del contenido de su fe: “depende bastante”. Del mismo modo, en una cultura post-cristiana, es más difícil dar respuesta a preguntas que nunca prescriben desde una religión “que se asienta sobre el principio de que todo puede resolverse en torno a una taza de té”.

Pasa el tiempo. Se ordenan obispas, se olvidan aquellos curillas de borracheras “solemnes y sin escándalo”; los anglicanos más fervorosos se encuentran menos en Bournemouth que en Ghana. Las iglesias se despueblan. No sabemos qué pensaría Felipe II de todo esto, pero quizá algo importante se ha perdido. Al fin y al cabo, en esas iglesias uno podía “llegar a ser más sabio / aunque sólo porque en ellas descansan tantos muertos”.

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