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La cola de nunca acabar

Muy pronto envían a todos lo pobres ilusos e ilusos pobres a la cola. Mientras ellos se arman hasta los dientes para poderla evitar mientras vivan.

Ahí están todos los venezolanos a la espera. En cola interminable en la que pasa el tiempo y no llega el turbo. Y cuando llega éste muchas veces se ha agotado el motivo por el que se esperaba, un bote de leche en polvo para un lactante, unos pañales, quizás margarina o detergente. La vida de la sociedad se va adecuando a los dictados de la cola sin que lo individuos al principio se den cuenta. Pero la cola es un ejercicio colectivo, por solo que se halle uno con sus angustias particulares. Pronto se tiene conciencia de que gran parte del tiempo que no se trabaja o duerme, se pasa detrás y delante de dos semejantes que buscan los mismo porque no hay opción alternativa. Hace quince años estos venezolanos conocían las colas por los periódicos y la televisión. Las veían en imágenes de Cuba, donde hace ya de medio siglo largo que la población hace colas para apenas nada. Son tres generaciones hechas en la humillación de la cola para la más elemental supervivencia en una isla que fue la sociedad más rica de la América Latina. Mientras sus jefes comunistas y los familiares y sicarios privilegiados entran en las tiendas de divisas y sin esperar a nada ni nadie consiguen todo lo que desean y que hoy ya es prácticamente desconocido para la inmensa mayoría de los cubanos.

Estas colas eran también el paisaje habitual y familiar en toda Europa oriental, donde hoy ya apenas hay colas si no es para algún concierto de rock o para ser los primeros en comprar un aparato de Apple. En la Europa comunista desde la posguerra hasta 1989 las colas eran parte fundamental de la vida cotidiana. El día se repartía en colas y la tarea de las colas entre miembros de la familia. Muchas veces se salía a callejear a buscar colas porque eran la prueba de que algo había para comprar. Había muchos polacos o rumanos, alemanes orientales o búlgaros, que se ponían en las colas sin preguntar en un principio siquiera qué es lo que vendían. Se vaciaban los tranvía en la calle Mashalkovska en pleno centro de Varsovia al grito de alguien desde una pequeña cola en la acera que proclamaba que habían llegado botones o cremalleras, aceite vegetal o grasa de cerdo. En la Unión Soviética las mujeres salían a la calle siempre con una bolsa de plástico, fueran al médico al parque o a trabajar. Por si encontraban una cola en la que ponerse para conseguir algo. Y muchos nunca llegaban a la fábrica, al taller o al despacho si una cola en su camino de casa al trabajo le ofrecía una verdura, algo de carne o quizás una pastilla de jabón. En Rumanía hacían cola durante horas a veinte bajo cero para conseguir un inmundo bote de “patriotas”, la pezuña y poco más del cerdo, en una grasa repugnante, que recibían ese nombre cariñoso porque era lo único del cochino que el régimenno exportaba. En la cola se pasan siempre media vida los súbditos de los regímenes de ese tipo. A veces moscovitas han llegado a hacer cola hasta para ser deportados a zonas remotas del círculo polar. Esas eran colas para morir. Pero son las colas para subsistir, como esta paciente y desordenada fila que vemos en Venezuela, la marca, el símbolo recurrente de los regímenes que llegan al poder con promesas de grandes soluciones y un paraíso para los pobres. Muy pronto envían a todos lo pobres ilusos e ilusos pobres a la cola. Mientras ellos se arman hasta los dientes para poderla evitar mientras vivan.

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