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La bandera de España

Foto: RAFAEL MARCHANTE | Reuters

Cuando enarbolo la bandera española estoy hablando de un país con una de las mejores prestaciones sociales del mundo; de las mejores atenciones de Sanidad pública del mundo; uno de los que mejor cuida su biodiversidad y sus aguas; líder mundial de energía eólica, solar fotovoltaica y solar termoeléctrica; también en reservas de la biosfera; el que tiene más donantes de órganos del mundo; donde se cuida a las personas mayores hasta su muerte; donde, además de la tercera lengua más influyente del mundo, se hablan distintos idiomas; donde en cada pueblo mediano hay una biblioteca pública y un Centro de Salud; donde los niños son escolarizados gratuitamente desde los tres años hasta la mayoría de edad; donde los ayuntamientos se esfuerzan por tener limpias las calles; donde los polideportivos y las piscinas están abiertos a todas las edades; el tercer país del mundo con más Patrimonio cultural y, por ello, la tercera potencia turística; donde se respeta la idiosincrasia de cada rincón; con una oferta museística apabullante en todas las provincias; con cinco puertos entre los más importantes del planeta y unas infraestructuras aéreas, de ferrocarriles y carreteras increíbles; un país donde es seguro caminar por la calle gracias a una Policía y Guardia Civil ejemplares, como el Ejército profesional; donde comer es una alegría, da igual en restaurante de Alta cocina que en un bareto; donde los extranjeros son bienvenidos y la xenofobia es anecdótica; donde la generosidad de los deportistas da alegrías constantes; donde vivir es más importante que sobrevivir; donde las palabras familia y amigos son más sustanciales que ambición y dinero, y donde, dicho todo esto, nos gusta creer que no valemos para nada... y por eso algunos se quieren independizar. Seguramente, esos son los que más claramente muestran un carácter de español viejuno: la zafiedad de no reconocer qué suerte tenemos de nacer y vivir en España.

Y qué envidia damos a muchos porque hace 40 años España no era así: la hemos construido entre todos desde que juntos aprobamos la Constitución de 1978. Esa de la que los políticos más jóvenes quieren renegar.

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