Manuel Arias Maldonado

Jerry Lewis que estás en los cielos

En Un final made in Hollywood, Woody Allen interpreta a un veterano director de cine tan necesitado de encargos que opta por terminar una película pese a haberse quedado ciego a mitad de rodaje, valiéndose de la ayuda de un intérprete chino. Inevitablemente, el resultado es un desastre, pero tras el estreno llegan esperanzadoras noticias de Europa: ¡a la crítica francesa le ha encantado!

Opinión

Jerry Lewis que estás en los cielos
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

En Un final made in Hollywood, Woody Allen interpreta a un veterano director de cine tan necesitado de encargos que opta por terminar una película pese a haberse quedado ciego a mitad de rodaje, valiéndose de la ayuda de un intérprete chino. Inevitablemente, el resultado es un desastre, pero tras el estreno llegan esperanzadoras noticias de Europa: ¡a la crítica francesa le ha encantado!

Es una broma cruel sobre la larga tradición francesa que consiste en valorar como auteurs a directores norteamericanos desdeñados en su propia tierra; tradición de la que el propio Allen se ha beneficiado en más de una ocasión. Y de la que también se benefició Jerry Lewis, fallecido hace unos días, cuando dejó de ser un simple cómico para convertirse en todo un director. Godard, entre otros, cantó las alabanzas de una obra que trató de redefinir la comedia norteamericana durante los años 60. Quizá los franceses veían algo de su propio empeño rompedor en la arriesgada puesta en escena de Lewis, que tampoco fue ajeno a la influencia de Jacques Tati: El botones parece una variación de Mi tío que sumase al estudio sobre la nueva tecnología del hogar un comentario mordaz sobre el entretenimiento de masas en la América de posguerra.

Pero, ¿es Jerry Lewis nuestro contemporáneo? Jonathan Romney tiene razón cuando dice que incluso sus mejores gags son, a ojos de nuestro tiempo, más brillantes que divertidos: escenas conceptuales donde, como sugería Bertrand Tavernier, «la risa deja de ser un criterio». Admiramos la idea, pero miramos el reloj. Sin embargo, pese a ello, hay dos películas de Lewis que nos interpelan hoy directamente: una la dirige él mismo, en la otra solo actúa. Ambas permanecerán, al menos mientras siga habiendo espectadores.

El profesor chiflado es el mayor logro de Lewis y un proyecto que tardó diez años en materializar. Tras triunfar en los escenarios y la gran pantalla haciendo tándem con Dean Martin, nuestro hombre parecía exorcizar su larga experiencia junto al galán del Rat Pack a través de una actualización del mito de Jeckyll y Hyde. La dimensión sexual de la vieja historia de Stevenson estaba ya presente en la versión de Victor Fleming, protagonizada por Spencer Tracy e Ingrid Bergman, pero aquí se hace del todo explícita. Julius Kelp es un genialoide profesor universitario de química que, enamorado de una Stella Purdy que solo tiene ojos para el capitán del equipo de fútbol americano, una de sus alumnas, prepara un brebaje con objeto de llamar su atención. El alter ego resultante es una creación formidable: Buddy Love, un monstruo de arrogancia que fascina de inmediato a todas las mujeres que caen en su radio de acción. En tiempos de reflexión colectiva sobre subjetividades heterónimas y roles de género, Lewis nos presenta una punzante fábula sobre el destino del nerd, obligado cual Cyrano contemporáneo a dejar de ser él mismo para ser objeto de la atención femenina. Pero a diferencia del personaje teatral, no es aquí la palabra la que conquista a la mujer amada, sino el traje de lentejuelas y una seguridad adornada con ademanes autoritarios. A su manera, The nutty professor nos pregunta si eso ha cambiado. Y si puede cambiar.

Para David Thomson, la película es una comedia solo en apariencia. A su juicio, constituye ante todo una exploración del carácter del propio Lewis, de su faceta perfeccionista y tiránica deseosa de ejercer pleno control sobre su obra. Si así fuera, el tema sería menos la sexualidad que la fama: no tanto el deseo erótico como el deseo de notoriedad y, sobre todo, el precio que se paga por ella. Ese mismo asunto fue explorado por Martin Scorsese en El rey de la comedia, minusvalorado film de 1982 que narra la obsesión de un aspirante a cómico (Rupert Pupkin, interpretado por Robert de Niro) por una figura establecida en el gremio (Jerry Langford, al que da vida un Jerry Lewis que parece hacer de sí mismo). Originariamente, el papel para Johny Carson, pero la fama de Lewis no había disminuido pese a su decadencia creativa: su maratón televisivo anual para recoger fondos destinos a la lucha contra la distrofia muscular infantil era toda una institución norteamericana. Langford es un veterano desabrido que reacciona con hostilidad ante los efectos colaterales de la celebridad; Pupkin tiene la ventaja de padecer un patente desequilibrio psicológico antes de convertirse en celebridad. Porque ésa es su obsesión: la fama. Scorsese sugiere que no es posible ser célebre y conservar la cordura. Y también aquí hay un ácido comentario final: Pupkin ha conseguido hacer su monólogo en prime time televisivo tras secuestrar a Langford con ayuda de una compinche y es esa historia -tan jugosa para los medios- la que lo catapulta al éxito. Bien mirado, le pasaba lo mismo a Julius Kelp, el inofensivo nerd de El profesor chiflado: solo se trataba de encontrar la manera de llamar la atención.

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