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Iñaki es mejor persona que el terrorista que intentó asesinarlo

A Iñaki Ellakuria, el español herido en el atentado de Berlín, le han encontrado unos cuantos tuits comprensivos con la “lucha armada”, la “violencia” y la “autodefensa” (la vasca por supuesto) y media España se ha apresurado a desearle poco menos que la muerte. Lo que ocurre es que yo soy ateo y no creo en el karma. Quizá por eso huyo siempre que puedo del análisis de la catadura moral de las víctimas del terrorismo, que siempre es muy superior a la del terrorista aunque sólo sea por el hecho de que no es lo mismo fantasear con estrellar un camión contra la multitud que hacerlo. Hasta la cobardía juvenil es en determinadas ocasiones una virtud en comparación con la innegable valentía psicópata del suicida islámico.

La ideología de Iñaki, en definitiva, es la de un adolescente arquetípico y como tal no resiste el más mínimo análisis porque su grosor es el de un papel de fumar. Iñaki defiende la violencia como podría ser del Betis o devoto de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder. El día que Iñaki llegue a presidente del Gobierno, si llega, ya nos preocuparemos de su ideología y de cuál es el grado de violencia que está dispuesto a aplicar en las carnes de aquellos más pacíficos que él. De momento, Iñaki es, lisa y llanamente, una víctima del terrorismo más y por ello merece todo nuestro apoyo. Y, por supuesto, la parte proporcional de nuestros impuestos que vaya a ser destinada a su repatriación y posterior rehabilitación, y a las compensaciones que el Estado español establezca al efecto para las víctimas del terrorismo. Doy por bien pagados esos impuestos.

Sí sería interesante conocer, en cualquier caso, si la experiencia ha cambiado en algo su visión de la “lucha armada”, la “violencia” y la “autodefensa”. Si ha introducido una pequeña semilla de duda en su cosmovisión del asunto. No tanto, ya digo, por una cuestión de venganza o de justicia poética, sino por puro interés científico. O neurocientífico, para concretar. ¿Hasta qué punto la confrontación con las consecuencias de tu ideología en la vida real puede ser capaz de hacerte replantear esa ideología?

Porque imaginen que la respuesta a esa pregunta fuera “mucho”. Imaginen que los defensores de la violencia y los admiradores de los violentos que la ejercen pudieran cambiar de opinión tras catar de primera mano los efectos en la práctica de su fascinación por la sangre y el dolor ajeno. Imaginen que el comunismo se curara viajando a Cuba (y viviendo como un cubano, claro, no como un actor español mudado a Cuba), la islamofilia viajando a Arabia Saudí (y viviendo como una saudita, claro, no como un occidental de turismo por Arabia Saudí) y el nacionalismo viajando a Alsasua (y viviendo como un ciudadano español cualquiera, claro, y no como un abertzale atiborrado a zuritos, pintxos, mala música y la tipografía más fea de la historia del diseño gráfico).

Qué mundo interesante sería ese. Y qué parecido a La naranja mecánica.

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