Andrea Mármol

Identidades durante la Covid19

"La pandemia no ha amansado las demandas excluyentes ni mitigado las obsesiones identitarias, pero al menos durante unas semanas las ha colocado donde corresponde: en la extravagancia, el egoísmo y la escandalosa insolidaridad"

Opinión

Identidades durante la Covid19
Andrea Mármol

Andrea Mármol

Periodista descreída de las citas y datos. Demodé. De la levedad sabida nace la virtud.

Hasta que la pasada semana Esquerra Republicana pusiera encima de la mesa que si el Gobierno de España quería recuperar sus votos favorables en las venideras prórrogas del Estado de Alarma, las sempiternas vocecillas –aquí el sufijo indica ridiculez y no mengua en el tamaño- nacionalistas habían quedado relegadas al berrinche separatista contra la UME y a las indignas balances fúnebres sobre los eventuales fallecidos en una Cataluña independiente. La pandemia no ha amansado las demandas excluyentes ni mitigado las obsesiones identitarias, pero al menos durante unas semanas las ha colocado donde corresponde: en la extravagancia, el egoísmo y la escandalosa insolidaridad. Volverán a ser consideradas progresistas cuando haya que preocuparse lo cotidiano, porque al español le sucede con los nacionalismos periféricos lo que al fumador con el tabaco: muy mal se tiene que dar la cosa para notar que es nocivo.

Terruño al margen, tampoco los populistas portadores de la voz del pueblo han desaprovechado la ocasión para alentar confrontación copiando la técnica de la cacerolada. Los que vivimos el otoño de 2017 en Cataluña desarrollamos, no sé si injustamente, una suerte de anticuerpos contra ellas, y escucharlas nos devuelve a aquellos días infernales. Pero tanto el estruendo que se reproduce rápidamente por las redes sociales como el «España nos mata», por desvergonzados, pierden la sutilidad en horas graves como la actual, donde el auténtico mérito propagandístico es de quienes agitan la almohadilla de la unidad #EsteVirusLoParamosUnidos desde el mismo primer minuto en el que no dudaron en hacer de esta pandemia global una cuestión más con la que etiquetar a buenos y malos de la película. Y eso es también identitario. Aunque no retumbe en nuestros tímpanos.

Afirmar que el Gobierno de España actúa arbitrariamente a la hora de decidir qué Comunidades Autónomas pasan de fase en el desconfinamiento es una acusación grave. Gravísima. Supondría que no hay en Moncloa escrúpulos suficientes para aprovechar la muerte y la precariedad a la que se están viendo abocadas millones de familias. La primera vez que Sánchez tumbó las aspiraciones de la Comunidad de Madrid, fue la portavoz socialista Adriana Lastra quien lo comunicaba, celebrándolo, en la red Twitter. En esta segunda ocasión, ha sido la prensa quien ha conocido antes que los dirigentes autonómicos madrileños los motivos por los que Madrid sigue sin el beneplácito de unos desconocidos expertos. No hay informes conocidos, salvo el de la Comunidad de Madrid, cuyo Gobierno regional ha sufrido un acoso y derribo sin precedentes en medio de una situación trágica que solo debería despertar solidaridad y misericordia respecto a quienes deben hacerse cargo de la misma.

Precisamente porque en Madrid no hay nacionalismo, ni siquiera ese regionalismo tan frecuente en otros territorios, Rafael Simancas puede permitirse el lujo de culpar a la autonomía de engrosar el número de muertos españoles. Como si existiese alguien en algún rincón de España que no identifica los fallecidos madrileños como el corazón de una tragedia nacional. Como si esas vidas perdidas no debieran dolernos igual que otras. Como si enfermar en la capital de España le predispusiera a uno a un fatal desenlace. No gobiernan en Madrid los nacionalistas, pero tampoco los socialistas desde hace más de dos décadas y por eso para Simancas deja de ser España lo que el PSOE no toca ni siquiera a través de sus apéndices nacionalistas, que son sus socios en todo el país. Así que Madrid, cuya capital también está en manos de PP y Ciudadanos, les vale como chivo expiatorio de sus ansias de politizar hasta la peor de las desgracias y dejarse de el cuento de la unidad para centrarse en lo importante: combatir a la derecha, por si infecta más.

El verdadero lastre identitario que arrastramos es una izquierda incapaz de asumir que hay humanidad en el adversario político, no vayan a reconocerse como iguales y se desmorone el único motor por el que muchos militantes asumieron pagar una cuota: ese «yo no soy como ellos». Lo pensaba esta semana viendo cómo el PP recuperaba la alcaldía de Badalona, cuarta ciudad de Cataluña. PP y Ciudadanos permitieron a los socialistas gobernarla a cambio de que la CUP, cuyos concejales alientan a escupir a la UME que loan algunos ministros del PSOE, dejara de ostentar la alcaldía. El PSOE jamás tendría un gesto de dignidad semejante y prefirió intentar el acuerdo con los radicales a cambio, de poder seguir diciendo en Madrid que las muertes son patrimonio de otros. Ese desequilibrio entre la legitimidad que se conceden nuestra izquierda y nuestra derecha «de Estado» es una gran asignatura pendiente. Y eso no hay pandemia que lo cambie.

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