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Holocausto caníbal

Hace siglos leí en un fanzine musical un artículo curioso. No recuerdo el nombre del autor y lo lamento. Aquella era de esas publicaciones independientes, casi gratuita, que leíamos los aficionados a una música menos minoritaria de lo que nos creíamos. El artículo hablaba de Holocausto Caníbal, una película fetiche de mi generación. Holocausto Caníbal es una de las precursoras de eso que ahora llaman found footage. Este es el argumento según Filmaffinity: “Cuatro jóvenes documentalistas se adentran en la selva amazónica, en pleno corazón de América del Sur, para realizar un reportaje sobre las tribus que habitan en esa región, de las que se dice que todavía practican el canibalismo. Debido a la desaparición de los reporteros, dos meses después un grupo de rescate es enviado para averiguar qué ha sido de ellos; lo único que encuentran es el material filmado sobre su terrible fin”

La trama avanza torpemente entre escenas de una brutalidad insólita para los adolescentes de los albores de Internet.  Supongo que ya no impresionará a nadie pero entonces aquella violencia sucia, tan lograda, que parecía que había sido rodada por unos aficionados, nos dejaba atónitos. La primera vez que veías Holocausto Caníbal te parecía imposible que aquel material no fuera real. Ahí radicaba su éxito, en el puro morbo y en la clásica estrategia promocional de lo prohibido: decían que había sido censurada en decenas de países y sólo por eso todo el mundo quería verla.

El autor de aquel artículo en aquel fanzine contaba que la primera vez que la vio no pudo resistirlo. Sintió repulsión, un impedimento físico, se le contrajo el estómago en una náusea interminable. Pensaba que lo que veía era real. El desgarro de la carne, la tortura, las muecas de dolor. No fue capaz de terminarla.

Años después, ya desengañado, se volvió a encontrar con Holocausto Caníbal en un festival de cine de terror. Entró en la sala preparado para un súbito acceso de repugnancia. Y nada. Aburrimiento, incluso. Sabía que lo que veía no era real. Tampoco fue capaz de terminarla.

Pienso en Holocausto Caníbal mientras paseo por la Feria del Libro de Madrid, entre biografías literarias, relatos reales y otros subgéneros de la ‘Verdad de las mentiras’. La ficción es maravillosa. Aleccionadora.Y anestésica. Basta un dosis mínima para adormecer al lector más sensible.

De alguna manera, nuestro cuerpo está preparado para digerir las ficciones más atroces, por verosímiles que sean. Yo siempre he creído que Harold Bloom mentía cuando decía que no había sido capaz de soportar Meridiano de Sangre de Cormac McCarthy por la brutalidad extrema de algunas de las escenas que narra. ¿Quién es capaz de leer hoy ‘El hotel del voyeur’ de Gay Talese sin sentir cierta compasión? Ni asco, ni asombro, compasión.

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