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Historia sin fin

Existen quienes rivalizan por un si o un no. ¿Quién se atreve a valorar? Cuánto respeto siento por aquellos que con una serenidad infinita afrontan las situaciones límite

Lo vivido por los los enfermos terminales y sus familiares en los pasillos de los hospitales durante los días, las noches e interminables madrugadas debe ser indescriptible. Tener que presenciar como a quien amas le intentan ayudar pero que su respuesta no es otra sino más dolor y desesperación nos recuerda lo frágiles y vulnerables que somos. Lo poco que podemos hacer cuando la vida insiste en escapar.

Sin embargo, las historias de  fortaleza, superación y triunfo que salen de los quirófanos y salas de recuperación de los mismos lugares son, sin duda, ejemplares. Son casos que conmemoran que lo imposible también tiene oportunidad de suceder.  Nada más difícil en la vida que ver sufrir a un hijo. Nada más duro que la impotencia de una madre o un padre ante el dolor físico o psíquico al que la medicina no encuentra alivio.

Luego de la intervención médica solo queda esperar. Algunos eligen rezar. Otros entrar en negación. Buscar culpables. No faltará quien maldiga su suerte. Hay organismos que no asimilan el único tratamiento médico posible al que deben ser sometidos. También quienes se niegan a recibirlo. Las eventualidades parecen inagotables. Únicas. Aterradoras. Esperanzadoras. En el mejor de los casos prometedoras. Cada una de ellas obliga a los implicados a ser valientes especialmente al que reposa en la cama. Sin importar su edad.

El debate ético sobre la eutanasia ha logrado entrar en la legislación de diferentes países e involucrar a otros en la cruzada por apoyar o rechazar la práctica en sus diferentes modelos entre ellos el suicidio asistido como en Suiza. Bélgica también ha deliberado al respecto. Allí la discusión hoy recae sobre los niños. Que la eutanasia toque la posibilidad de extenderse hacia la infancia es una situación aún más compleja de examinar por lo que supone la inocencia de los pequeños que están sufriendo. Sin detenerme a analizar esa sería mi primera sensación. Pensarlo conlleva al suplicio. Y no creo ser la única que de tan sólo imaginarlo siente pánico. Es una batalla mental entre oposición y confirmación. ¿Qué estaría dispuesta a hacer para sanar el permanente dolor y sufrimiento de mi hijo?

El senado belga acaba de aprobar un proyecto de ley para la despenalización de la eutanasia a menores de edad siempre que cumplan condiciones médicas específicas, la aprobación de los padres y una estricta evaluación psicológica.

Cuánto respeto siento por aquellos que con una serenidad infinita afrontan las situaciones límite. Mayor es mi consideración por quienes aceptan el inevitable momento de la partida. El camino es distinto para cada uno de nosotros. Existen quienes rivalizan por un si o un no. Yo no llego todavía a simplificarlo. No he tocado la orilla. Y espero no verme obligada a hacerlo. Entre tanto, ¿quién se atreve a valorar?

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