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Hacerlo lento

En años del “lo quiero todo y lo quiero ahora”, aún hay cosas que merecen y llevan su tiempo.

Podemos tener la opinión más indulgente de nosotros mismos, y sin embargo cualquiera apreciará en su propia caligrafía algo así como el rastro de un crimen. Quizá la consideración parezca exagerada, pero alguna incomodidad cierta tendremos con nuestra propia letra toda vez que –según los expertos en paleografía y diplomática- el afán por copiar los tipos de imprenta alcanza rasgos de constante universal. Cuando, a mediados del XIX, el Gobierno español impuso la enseñanza de la cursiva inglesa, se excusó el extranjerismo con la alusión a la “letra imperfecta, confusa y muchas veces ininteligible” que por entonces se enseñaba y se escribía. Imperfecta, confusa, ininteligible: no hace falta ser médico para reconocerse ahí.

Por contraste, una caligrafía limpia y suelta podía favorecer una carrera, y era un requisito en el estamento mercantil. Eso aparece en los novelones del propio XIX, en Galdós y en Clarín, tiempo de tinteros, pendolistas y manguitos. Aquella vieja cursiva, emanada de la estética dieciochesca en torno a la superioridad de la curva, parecía honrar la máxima de que sólo se lee con placer aquello que fue escrito con esfuerzo.

La pedagogía de la caligrafía llegó a ser, en efecto, una norma capaz de causar no pocos sufrimientos entre los menos hábiles. Arraigaba, en cambio, para toda la vida, y uno recuerda todavía a su abuelo, ya en la edad provecta, escribiendo cartas con una letra miniada y –a la vez- de pulso insuperable. Incluso aquellos que tuvimos nuestros desencuentros con el arte de Izurzaeta, no dejaremos de reconocer con pasmo eso que toda la vida se llamó una buena letra. No digo que una caligrafía de espanto nos haga humildes. Pero sí teníamos ante nosotros el ideal de una perfección inasequible con el que ponderar lo exiguo de nuestros esfuerzos. Y, por mera comparación, íbamos aprendiendo verdades no siempre cómodas: lo mucho que cuesta hacer las cosas bien, el cuidado y la atención tan minuciosa que requieren. Ahí, rectificar el trazo de una pe era una escuela para tolerar y superar eso que aparece de cuando en cuando en la vida y que se llama frustración.

Tal vez aquella no fuera la peor de las lecciones. A la caligrafía se le ha alabado por la sensualidad, por el rasgueo musical del plumín sobre el papel. También habría que alabarla –sin ningún afán ludita- por encarnar tantas virtudes que el mundo hoy deplora pero que siguen siendo necesarias para el mundo. En años del “lo quiero todo y lo quiero ahora”, aún hay cosas que merecen y llevan su tiempo. En una época de satisfacciones instantáneas, no vendrá mal reaprender un arte de paciencia. Y en tiempos de aceleración en las comunicaciones, quién sabe si no alcanza un nuevo valor todo aquello que se rige por la continuidad del esfuerzo y no por la inmediatez. Ni siquiera estará de más, rebosantes de autoestima como estamos, saber de nuestros límites y nuestras impotencias.

Ante todo, hemos roto el vínculo entre las cosas lentas y las cosas bien hechas. Ahí estamos, en el estruendo de un gin-tonic frente a la contemplación de un calvados, en el sándwich de la oficina frente al mínimo ritual de la comida, en la compulsión del shopping frente a los buenos meses que se toma una sastrería. Desde luego, está por hacer el cálculo sobre los beneficios y desventajas –en Finlandia se ha planteado- de enseñar a los niños la caligrafía de siempre. Sin embargo, frente a la ilusión de lo inmediato, el mundo todavía se empeña en enseñarnos que cualquier cosa que vale la pena –un idioma, un amor, un libro, una vida hecha- nos seguirá exigiendo todo nuestro esfuerzo y todo nuestro tiempo. Y precisamente porque toda vida tiende ser “imperfecta, confusa, ininteligible”, lo más que podemos hacer, lo único que se nos pide, es cuidar el redondeo de la o.

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