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Lena Dunham se vio en la portada del Tendencias y no se gustó. O, mejor dicho, se gustó tanto que le pareció imposible que la de la foto fuese ella misma. Y en lugar de salir a celebrar su redescubierta belleza, o de agradecer su buen disparo al fotógrafo en cuestión, mandó una carta muy celebrada entre nuestr@s feministas a El País, acusándolo de haber usado “un exceso de Photoshop”. “Este no es mi aspecto y nunca lo será”, decía. La respuesta del periódico le demostró que ese sí era su cuerpo, y eso no sólo sirvió para que Lena redactase una de esas disculpas por obligación de cuando el bien ya está hecho. Sirvió también para que Lena descubriese el auténtico problema; “ya no reconozco mi puto cuerpo para nada. Ese es el problema”.

A sus tiernos 30, Lena ha descubierto que el mayor problema es siempre el de conocerse a uno mismo. Y ahora que ha tomado consciencia de la magnitud del problema, es fundamental que dedique todos sus esfuerzos a indagar sobre la cuestión, porque sólo de una investigación semejante podría salir un feminismo consciente de cuáles de sus incomodidades son culpa de los demás y cuáles lo son de su propia naturaleza. Sólo una vida dedicada a esta investigación puede aspirar a combatir las unas y convivir con las otras.

Hasta entonces, el feminismo de Dunham sólo será una más de entre las muchas maneras que tenemos de olvidar nuestra ignorancia más fundamental tratando de, como suele decirse, hacernos a nosotros mismos. Por eso que el proyecto de este feminismo no es la libertad de la mujer, sino la formación de un determinado tipo de mujer. De una mujer liberada, que no se ata a nada, más que de una mujer libre, que bien podría comprometerse en cuerpo y alma. Y quizás por eso prefiere a las guapas que querrían ser un poco más feas que a las feas que querrían ser más guapas. Y a las que tienen Tinder que a las que tan jóvenes ya tienen novio, y a las que querrían querer poder tener relaciones sin amor que a las pánfilas que esperan… Y todo esto en nombre de una liberación que no es más que una nueva forma de modelar la feminidad y que, vista la cantidad de frustraciones que genera entre las propias feministas, sospecho que no es necesariamente más sana ni más natural que las demás.

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