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Francia, "casa tomada"

Cortázar empezó mejor que acabó. Suele ocurrirles a muchos escritores que mezclan la reivindicación, aunque sea justa, y el arte. Sin embargo, su primer relato publicado aún permanece en el Olimpo de la inquietud y así ocurrirá hasta el fin de los tiempos. Se titula Casa Tomada. En sus páginas vemos cómo un fantasma nunca definido ocupa lentamente las estancias de un viejo piso porteño, habitado por una pareja de ancianos hermanos cuyo vínculo oscila entre la polilla y el incesto. El ocupante no es visto, ni siquiera sabemos si lo es o asistimos a un brote psicótico del narrador. Los hermanos no plantan cara a la ocupación de su hogar, se limitan a cambiar de habitación y a continuar con sus costumbres: ella teje, él bebe mate y vegeta. Les rodea un Buenos Aires que se intuye árido, cansado. Cuando la energía oscura toma la última estancia y son arrojados a la calle incluso sienten alivio, el descanso que embarga a cualquiera cuando abandona una carga demasiado pesada para la fragilidad de sus hombros. Salgamos del relato y vayamos a la cruda e idealizada realidad.

Europa vibra con cada palabra y cada gesto de Emmanuel Macron, ese JFK que todos necesitábamos para volver a sentirnos orgullosos de nuestros políticos. Sin duda Macron reúne capacidad intelectual, dominio de los omnipresentes medios, carisma, astucia política y un sutil encaje con la tradición cultural francesa (fue asistente del filósofo Paul Ricoeur). Su mayor amenaza no son unos rivales cuya inoperancia ha sido más que constatada sino un vacío insólito para un candidato que se pretende arrollador. Una ola de energía negra, similar al que ocupaba la vieja casa bonaerense creada por Cortázar, está abduciendo a los franceses. Cuando en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales la suma de quienes optaron por la abstención y votaron en blanco superó el 30%, muchos culparon al izquierdista Jean Luc Mélenchon por su ambigüedad. No quiso apoyar a un candidato liberal, aunque se enfrentara al ultranacionalismo aggiornado de Marine Le Pen. Sin embargo, en las elecciones al parlamento se han presentado todos los partidos y la abstención ha sido aún mayor. Un 57% de los electores inscritos decidieron quedarse en casa, batiendo el anterior record de abstención en más de 10 puntos. Macron dominará una Asamblea Nacional cada vez más carente de auténtica representatividad. El centro de las ciudades, gentrificado tras el abandono y la decadencia de los 80 y los 90, y la periferia adinerada están entusiasmados. Sin embargo les rodea un fantasma colectivo -formado por millones de ciudadanos que nunca escriben en twitter y contemplan cómo lo que creían eterno se desvanece- que pronto convertirá al sufragio universal en un remedo no declarado del censitario.

La pereza, más propia de ese Estados Unidos que desea desaparecer en la anestesia de la heroína, ocurre en el país más politizado del mundo, la tierra de la Revolución y del mil veces mitificado mayo del 68, donde los obreros, los estudiantes y los burgueses salían a la calle, con una virulencia envidiada en España, ante la menor modificación de sus libertades y sus derechos laborales, donde cuentan con un sistema educativo envidiado por medio mundo y con un salario mínimo de 1.457 €. Pese a tantas virtudes y tan envidiada historia –o tal vez por las inevitables expectativas que despiertan- Francia ha caído en el marasmo. Las fábricas abandonadas, o reconvertidas en inútiles centros culturales, son el recordatorio de las causas. Los franceses silenciosos parecen saber que la globalización es inevitable, que el regreso al paraíso proteccionista creado por el General de Gaulle es una utopía y que el voto a opciones extremas, como las representadas por Mélenchon o Le Pen solo traería una breve alegría y un largo desastre. Pero no pueden votar a quien les obligará a competir con los insuperables costes laborales del antes conocido como Tercer Mundo. La consecuencia de ese cruce, tan esquizoide como lúcido, es un silencio doloroso, amordazado.

Ni siquiera la receta de dosis masivas de fluoxetina a los millones de silenciosos solucionaría un problema que dista mucho de ser imaginario. Tal vez el alivio, que no la solución, se encuentre en aquello que hemos dejado atrás, incluso con asco: el regreso a los valores elementales del ser humano, aquellos que llenaban el corazón de los amordazados con palabras tan vaciadas de sentido como amor, compañía, esperanza y perdón, aquellos que predicaban la sencillez y el contacto humano por encima de anhelos creados en agencias de publicidad. La felicidad, lo sabemos todos, no se encuentra en el estímulo de compra continuo. Pero tal solución ataca al consumo salvaje cuya adicción es, a la vez, el motor de la economía y uno de los pilares de la letal pereza que toma, sin olvidar ni un rincón, nuestra casa.

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