Javier Capitan

Fotos con filtro “smog”

Un viaje sin fotos es una mierda de viaje. Por eso es necesario compensar a quienes tengan sus fotos con el filtro “smog” que hace imposible distinguir si la muralla que sale al fondo es la china o la de Ávila.

Opinión

Fotos con filtro “smog”

Un viaje sin fotos es una mierda de viaje. Por eso es necesario compensar a quienes tengan sus fotos con el filtro “smog” que hace imposible distinguir si la muralla que sale al fondo es la china o la de Ávila.

Cantaban Ana Belén y Víctor Manuel aquello de “contamíname, pero no con el humo que asfixia el aire”. No sé si la censura china, a la que tanto le gusta darse paseos por internet, ha incluido la canción en una lista de ritmos prohibidos, pero lo que es seguro es que ningún turista que se acerque a Pekín cantará ese verso, porque, a partir de ahora, la contaminación tiene su encanto.

Lo digo porque unas agencias de viajes chinas ofrecen un curioso seguro “anti-smog”, una póliza que indemniza a los viajeros en caso de que sufran niveles de polución muy altos. Por los efectos que la contaminación pueda tener sobre su salud y, esto es lo mejor de todo, sobre sus fotografías.

De todos es sabido que un viaje sin fotos es una mierda de viaje.

Por eso es necesario compensar a quienes tengan sus fotos con el filtro “smog”, ese de densa neblina que hace imposible distinguir si la muralla que sale al fondo es la china o la de Ávila. No son pocos los turistas que se plantean sus viajes como una ginkana fotográfica consistente en hacerse la foto frente a un monumento y salir a toda pastilla hacia el siguiente punto fotográfico. ¿Entrar en la catedral? Para qué, si ya hemos hecho la foto. El viaje se ha convertido para muchos en un ejercicio de “fotocultura”: se invierte en billetes, hoteles y manutención y se recoge la cosecha en forma de fotos para enseñárselas a los amigos. Es un “yo estuve allí” que podría resolverse “low cost” con una sesión de fotomontajes, evitando de paso el sufrimiento de los largos desplazamientos, las camas extrañas o la gastronomía foránea que tan poco nos gusta.

Cuando avancemos en la investigación del cerebro, estoy seguro de que, en el banco de imágenes de muchos, el mundo aparecerá siempre enmarcado en la pantalla de una cámara fotográfica (no digo visor porque eso es ya un poco antiguo) o de un móvil. Estamos obsesionados con captar momentos y nos olvidamos de que el sentido último de vivirlos es poder recordarlos con el simple gesto de cerrar los ojos. Así, nunca nos quedaremos sin batería.

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