Aloma Rodríguez

Finales de agosto, principios de septiembre

"Había pensado hablar aquí de la absurda prueba de esfuerzo a la que los políticos han decidido someter a las instituciones: ha pasado agosto y nada parece haberse movido, si no es hacia un enroque todavía mayor"

Opinión

Finales de agosto, principios de septiembre
Foto: David Goldman
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

Hace tres días que volví a Madrid y una semana que dejamos la casa de la playa que habíamos alquilado para pasar el mes de agosto en Seixo, Marín, Pontevedra. La misma playa en la que estuvimos hace dos veranos. Aquel verano me quedé con ganas de ir nadando hasta la boya verde en la playa de Aguete. Este verano lo conseguí: con la marea baja, gafas de bucear y acompañada de mi novio. No se veía nada en el fondo, salvo el verde de las algas. La playa está flanqueada por un pequeño puerto en un lado y por más playas y rocas y árboles por el otro. Hay barcos y más allá, al otro lado de la ría, Sanxenxo. Desde el puerto, detrás del peñón de Chirleu, se ve la isla de Ons. Puede que quisiera volver a la playa de Aguete para ir nadando hasta la boya, para acabar lo que empecé hace dos años. Además de por las cenas en el Rincón de Poty, la playa de Mogor o la arena blanquísima de Aguete. Pienso en las cosas que he dejado sin hacer esta vez: ir nadando hasta la isla en la playa do Santo do mar, por ejemplo, ir a una sesión del cine de Seixo o a uno de los conciertos en El chiringuito de la playa de Aguete, o ir corriendo hasta la playa de Portocelo, como mi padre, tal vez incluso con él (ahora que ha cumplido sesenta tal vez pueda seguirle el ritmo). Y me pregunto cuáles serán las que he empezado a querer hacer sin darme cuenta aún.

El domingo fui a comprar el pan y retrasé la vuelta a casa. Esta vez no di un rodeo, ni me paré en ninguna librería o recordé algún recado estúpido cuya necesidad inmediata acababa de decidir, solo caminé ligeramente más despacio. Casi paseé, en lugar de casi correr, que es la velocidad habitual a la que camino cuando he dejado a mi novio en casa con los tres niños: es su padre, sí, pero quiero que siga siendo mi novio también. “Puedes fugarte”, me sugirió una amiga por Whatsapp cuando le dije que me daba un poco de miedo volver a casa. Pero en realidad no era temor, era que las cosas siempre son mejores en nuestra cabeza que cuando se materializan, era que no sabía si quería cambiar la realidad, fuera cual fuera, por la imagen que me había construido de ella. Estábamos a finales de agosto, principios de septiembre, esa época aún mágica.

Con ese paseo retrasé también mi entrada en la actualidad y la sigo retrasando, porque en realidad había pensado hablar aquí de la absurda prueba de esfuerzo a la que los políticos han decidido someter a las instituciones: ha pasado agosto y nada parece haberse movido, si no es hacia un enroque todavía mayor. La posibilidad de una repetición electoral les resulta insultante a muchos ciudadanos –de este tema de conversación no se puede huir ni en el paraíso– que leen el fracaso de las negociaciones como la prueba de la incompetencia de los dirigentes. Así las cosas, cómo no elegir el último fulgor vacacional.

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