Lea Vélez

Experimento patrio

"El miedo quizá nos lleve al experimento de probar esa extraña medicina, la del turismo exclusivamente patrio"""

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Experimento patrio
Foto: Thibault Camus
Lea Vélez

Lea Vélez

Lea Vélez es escritora. Su novela más reciente es “La sonrisa de los pájaros” (2019). Es autora también del ensayo literario "La Olivetti, la espía y el loro" (2017) y de la novela "Nuestra casa en el árbol" (2017)".

Parece que se abrirán las fronteras para poder viajar por puro placer este verano, pero lo más probable también es que no se cierren las puertas del miedo y se produzca ese efecto extraño de “mejor quedarse en casa por lo que pueda pasar”. La inseguridad sobre cómo se abrirán unos países a otros, con cuarentena, sin cuarentena, con tests, sin ellos, con cancelaciones de billetes de avión, da mucho que pensar a la hora de reservar fuera unas vacaciones. Esto hace que los españoles, los franceses, los británicos, hagan planes para sus veraneos en sus propios países, haciendo patria turística y ejerciendo de facto una especie de proteccionismo vacacional, de interiorismo asegurado, de hermanamiento unívoco, causados por la sensación de inseguridad que produce la idea de ir metidos en lata en un avión con uno de estos bobos que han dado positivo, de que nos confinen sorpresivamente en algún confín o de contagiarnos lejos de nuestro médico de cabecera.

Así, se han disparado las reservas en todos aquellos lugares que podemos alcanzar con nuestro coche y por nuestros propios medios (o miedos): las casas rurales, los hoteles con encanto, los lugares de campo y naturaleza, los campings y autocaravanas. Todos esos rincones mágicos de España que nos estábamos perdiendo se van a ver sorprendidos por un turismo nacional implosivo, que siempre dejaba para mañana lo de visitar sus propios monumentos por aquello de que “total, si están aquí al lado, mejor nos vamos a Roma, China o Venecia”.

En las noticias dicen que está limitado el aforo de los museos, lógicamente, y se marcan los asientos de las exposiciones con pegatinas espaciadoras para que todo aquel que descanse tenga un metro y medio de espacio vital. Espacio vital en un museo, imagínate qué delicia. Límite de aforo por fin en todas partes, calcula tú la felicidad de ver un cuadro famoso pudiendo verlo y sin salir con un ojo morado de la melé.

A mí me embellece el espíritu pensar en ir al Prado sin aglomeraciones frente a las Meninas, o la idea de una Mona Lisa más liviana, sin paparazzi de tres al cuarto haciéndose selfis amontonados en el museo del Louvre. Y bueno, ya, lo de ir al cine sin estar apretado, pues gloria bendita. Sí, será malo para la economía, pero hay que ver el vaso medio lleno mientras toque hacer así las cosas y qué bueno es poder sentarse usando los dos apoyabrazos, ir y volver en el metro sin que los caballeros ejerzan su petardo manspreading sobre nosotras.

De pronto, todas las exposiciones me apetecen, observar el experimento del turismo propio, me apetece, pasear por una ciudad cualquiera me apetece. Hay algo de prohibido en la ciudad de siempre con ese un tinte de riesgo que tiñe la más humilde salida de la propia casa y esto me hace valorar más lo que hasta hace poco daba por hecho.

También me hace pensar que nos hemos convertido en una especie de ratas de laboratorio. Que nos hemos autoconvencido con el razonable miedo, y la alarma y las medidas de restricción de meses pasados, de que somos propiedad de un científico loco allá en las alturas que quiere ver qué pasa si nos pinta fronteras invisibles que no nos atrevamos a cruzar, como hacen los niños con las hormigas, encerrándolas en un círculo de rotulador.

¿Qué haremos? ¿Seremos una plaga apelotonada dentro de nuestro propio círculo y descubriremos que no tenemos sitio suficiente para todos? ¿Que viajar lejos era una costumbre tan arraigada que se había convertido en necesidad? ¿O que a lo mejor, viajábamos lejos, cada día más lejos, por un impulso psicológico mayor de lo que jamás hubiéramos sospechado? Quizá sabremos que la mezcla de idiomas, culturas o razas en una misma terraza de cualquier plaza era un bien adquirido que al desaparecer nos haga una extraña mella en el alma.

La variedad vital es una necesidad, sin duda, que echaremos de menos si solo nos quedamos mirando hacia adentro. Después de la falta de abrazos, lo que más me entristece de esta idea de aislamiento nacional, de miedo a cruzar líneas invisibles “por si acaso”, es el comportamiento unívoco. También me agobia pensar en esas frases que dice la gente que odia a los turistas: Francia, para los franceses; España para los españoles. Caray, pues parece que igual se les cumple el tan ansiado deseo, qué petardos con lo de “si está usted en España, pues hable español”.

El miedo quizá nos lleve al experimento de probar esa extraña medicina, la del turismo exclusivamente patrio. Sospecho que seremos una plaga propia y un horror mucho mayor que la del turismo multicultural, revuelto, revolutum y a la buena de Dios.

(Excepto en los museos).

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