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Café des exilés

El cierre del Comercial nos duele porque es muy difícil no creerse que uno, sólo por ser más joven, también era más feliz

El Café Comercial fue –literalmente- mi primera redacción, cuando uno pasaba por poco de los veinte y tenía la ilusión de llegar a periodista. Pocas ilusiones menos explicables, pocas más tenaces. Por entonces buscaba historias que me pudieran publicar, y creí que Guinea Ecuatorial lo tenía todo: petróleo a pie de playa, una oposición perseguida y un dictador cruel. Puede pensarse que esas son tradiciones comunes a no pocos países africanos, pero Guinea también tenía esa vieja implicación hispana que no tenían, pongamos, Malawi o las Comores. Y era en el Comercial donde uno, bloc en mano, se reunía tantas veces con las gentes del exilio: “¿Sigue mal lo de Corisco? ¿Y qué dices que pasa en Black Beach?” Luego salía al frío de la calle, pobre como sólo lo es un periodista a los veintipocos años, pero con el bloc –por suerte- en llamas.

Después de esa temporada, ya nunca fui un habitué del Comercial: el café no era bueno, y la clientela –chicos con rastas que dialogaban sobre las miserias de la vida- tampoco causaba mayores entusiasmos. A cambio, al Comercial había que agradecerle que no tuviera pizarras con frases motivacionales ni carteles que anunciaran zumos purgativos. Tampoco servían esos gin tonics que recuerdan a los balcones con geranios. Quizá por ese mismo anacronismo el Comercial tenía que cerrar, y entonamos la canción de la corneja a pesar de que ya no vivimos en aquella Europa descrita por Mauriès en Quelques cafés italiens.

A uno le da pena, siquiera porque de los viejos cafés –como diría F. Castillo- uno podía salir “hacia el poder o hacia la cárcel”, mientras que de un Starbucks sólo se va a la oficina o a la clase de spinning. Después de todo, tal vez no esté mal ahorrarse revoluciones. Porque es así: al final, el cierre del Comercial nos duele porque es muy difícil no creerse que uno, sólo por ser más joven, también era más feliz.

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