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Escocia, la hierba y las cruces

Lo británico permanecerá mientras se acuñen libras y se mantenga en Wimbledon la obligatoriedad de vestir de blanco. Lo primero le recuerda al resto de Europa que aunque sean una isla no son Chipre.

Lo británico permanecerá mientras se acuñen libras y se mantenga en Wimbledon la obligatoriedad de vestir de blanco. Lo primero le recuerda al resto de Europa que aunque sean una isla no son Chipre, y lo del tenis explica que no todo pertenece a lo mudable ni debe estar sometido al totalitarismo de las tendencias, dos premisas muy fundamentales para sostener la casa de Windsor. 

Además, Wimbledon es mucho más que tenis. Esa hierba casi parece la Comarca de los hobbits, el jardín inmutable de lo inglés, como si allí se apacentaran los seiscientos caballos de la carga de Tennyson. Todo es tan británico que en su pista central han colocado un par de versos de Kipling -extraídos del If...-, los que hablan de tratar de igual forma a esos dos impostores que son el triunfo y la derrota. Los Tommys le dan a la bola -ya sea la de tenis, fútbol, o el melón de rugby- una relevancia épica, porque en origen todo deporte es un simulacro de guerra. Por eso el mariscal Wellington afirmaba que Waterloo se había fraguado en los campos de juego de Eton, y por eso han aprendido a saber ganar y a saber perder, no en el sentido en el que lo entienden los psicopedagogos y las madres -como antídoto de las rabietas-, sino con disciplina castrense y propaganda de combate. Así han convertido cada fracaso británico en una admirable leyenda, desde la derrota helada de Scott frente a Admundsen, hasta esa carga de caballería que escribió Tennyson -por el valle de la muerte cabalgaban los seiscientos-, que en verso parece muy heroico, pero que fue una mezcla de lo que significó Bahía de Cochinos para los gringos y Stalingrado para los boches.

El caso es que en Wimbeldon los británicos llevaban perdiendo desde 1936, cuando Fred Perry. Y que la espinita no se la quitaron hasta que el año pasado Murray le ganó la final a Djokovic. Y Murray es escocés. Así que en el referéndum del jueves se jugaban a la vez el futuro del Reino Unido y el últimos esplendor de su tenis en la hierba. Muchos han suspirado aliviados porque la Union Jack va a conservar la cruz de san Andrés -las aspas-, y otros porque a lo mejor Murray gana de nuevo, y consiguen again que se quede la copa en la isla. Son cuestiones equiparables, porque la independencia escocesa tiene una importancia escasamente superior a un torneo de tenis, porque el verdadero problema al que se enfrenta Europa -y en eso ellos no son muy diferentes- es a que de todas las banderas desaparezcan las cruces y se sustituyan por medias lunas. Mirar los datos demográficos hace pensar que es inevitable. De hecho, lo relevante del futuro de las tres cruces de la bandera británica no consiste en saber si seguirán unidas. Sólo importa saber si seguirán.

 

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