Eduardo Parody

Escalada hacia el cielo

Ser testigo de los últimos momentos de dos personas en plenas facultades, con toda una vida por delante y no poder hacer nada por impedirlo debe ser la experiencia más angustiosa que existe en el mundo.

Opinión

Escalada hacia el cielo

Ser testigo de los últimos momentos de dos personas en plenas facultades, con toda una vida por delante y no poder hacer nada por impedirlo debe ser la experiencia más angustiosa que existe en el mundo.

Esa mirada esconde una semana en la que habría cabido la ilusión previa a enfrentarse a un nuevo reto, el reencuentro con viejos amigos a los que no vería desde hacía tiempo, y el contacto con otros nuevos que conocería en esa misma expedición. Una semana en la que disfrutaría del viaje de ida, de la visión del Atlas, esa cordillera firme que deja sentir su imponente presencia desde la ventana del coche. Una mirada que almacena las charlas con sus compañeros de escalada en el ferry y en la furgoneta que les trasladó al lugar de inicio de la aventura así como la noche previa, ese momento en el que no sólo se estiran las piernas y brazos, sino también la mente, al escuchar las historias y observar las miradas que cada uno de los participantes arrastra, en los que se acrecienta el cariño y se asegura el respeto hacia los que van a compartir tu mismo objetivo.

Esa mirada esconde tanto, porque no sólo guarda esos momentos previos fascinantes en toda excursión que se precie, sino que encierran dos capítulos finales y un epílogo de una historia que nunca querría protagonizar. Él ha sido el encargado de esa última parte del relato, el que ha resuelto las incertidumbres abiertas. Pero qué más da las razones, que importan los motivos, qué trascendencia tiene ahora si se podría haber hecho algo más o no. Qué más da para él, que encerrará tanta angustia en su interior, tanta vivencia inexplicable para el resto y probablemente inasumible para él. Ser testigo de los últimos momentos de dos personas en plenas facultades, con toda una vida por delante y no poder hacer nada por impedirlo debe ser la experiencia más angustiosa del mundo. Qué más da entonces. Nadie podrá devolvérselos.

Esa mirada esconde tanto, esconde un cerebro que ha almacenado unos recuerdos inolvidables, unos momentos que nunca podrá expresar en toda su extensión, un periodo de vivencias que se extendió a lo largo de una Semana Santa que comenzó con la ilusión de volver a escalar al cielo y terminó ubicándolo en lo más parecido al infierno. Ánimo, Juan Bolívar.

Ánimo, familiares de Gustavo Virués y José Antonio Martínez. 

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