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¿Es Putin un peligro para la seguridad de Europa?

Rusia quiere hacer valer su influencia y su poder en la región. Históricamente siempre lo ha conseguido y parece que ahora, ni Washington ni Bruselas van a impedir que triunfen las viejas reivindicaciones del Kremlin.

Rusia quiere hacer valer su influencia y su poder en la región. Históricamente siempre lo ha conseguido y parece que ahora, ni Washington ni Bruselas van a impedir que triunfen las viejas reivindicaciones del Kremlin.

Ucrania es simplemente el terreno de juego donde colisionan dos conceptos antagónicos. Por un lado, el interés de Occidente por mantener a flote un país políticamente débil, y por otro la manifiesta inquietud de Putin ante las “traiciones” de sus aliados históricos. El intenso control político y económico de Rusia en torno a los países pertenecientes a la Comunidad de Estados Independientes (CEI), antiguas ex repúblicas soviéticas, hace que cualquier movimiento en otra dirección sea interpretado desde Moscú como una agresión. El precedente más cercano fue la guerra de Osetia del Sur de 2008, que enfrentó territorialmente a Georgia con Rusia.

Por lo tanto, con la crisis de Crimea, estamos viviendo no solo un pulso político y económico, sino también una lucha de poder institucional, que tiene su reflejo en la división de Ucrania. Simbólicamente reflejada en las dos orillas del río Dniéper que atraviesa el país.

Ante este panorama es normal la pregunta: ¿hasta dónde puede llegar la ambición de Putin?

Las reacciones de algunos países nos aportan muchas pistas sobre el devenir del conflicto:

En el seno de la ONU, China se ha mostrado reacia a condenar los actos del gobierno ruso, como era de esperar. India ha dado la callada por respuesta, primando sus intereses nacionales sobre el respeto a la legalidad internacional (el 75% del comercio armamentístico indio proviene de Rusia). Una nación tan pro-americana como Israel también ha reaccionado significativamente y se ha mostrado neutral. El Primer Ministro, Benjamín Netanyahu ha declarado su amistad tanto a Rusia como a Estados Unidos y ha manifestado que Israel necesita la ayuda de las dos potencias. Y, por último, los movimientos de la OTAN, hasta el momento, han sido demasiado débiles y confusos.

Por lo tanto, el conflicto se reduce a unos pocos actores. La Unión Europea, Estados Unidos y el débil gobierno de Ucrania son los únicos que pueden calmar las ambiciones expansionistas de Vladimir Putin. Las negociaciones a cuatro bandas son cruciales para tender puentes sobre el río Dniéper.

El mantenimiento de la estabilidad en la zona es necesario para la comunidad internacional. Hay muchos intereses económicos en juego. El conflicto es una cuestión de ambición y poder. Un pulso entre Rusia y Occidente. La vía diplomática cobra, ahora más que nunca, especial relevancia.

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