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Es por tu bien, por Jorge Freire

The objective

El Subjetivo

Opiniones libres de algoritmos

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Es por tu bien

"Recuérdese lo evidente: retener a alguien en la edad de la inocencia es condenarlo a la inutilidad"

Orgulloso de la belleza de su mujer, el rey lidio Candaules alardea de ello ante todo el que se cruza. Comoquiera que su guardia Giges no se muestra muy convencido, le conmina a espiarla desnuda, escondiéndose tras la puerta de su dormitorio. Giges se aviene a regañadientes, sabedor de que incurre en una conducta afrentosa “incluso entre los bárbaros”. Un ligero ruido hace que la reina Nisia lo descubra in flagrante delicto, interrumpiendo el luctuoso male gaze, pero no dice nada. Al día siguiente lo convoca a solas y le obliga a elegir entre dos opciones: o mata a Candaules, instigador de la felonía, o se deja matar. Giges acepta lo primero y pregunta dónde llevarlo a cabo. “Allí donde él me prostituyó a tu mirada”, responde Nisia; “allí quiero que dormido lo sorprendas”. Conque, sin comerlo ni deberlo, a la noche siguiente Giges se ve de nuevo agazapado tras la cancela. Si la obediencia ciega lo convirtió en voyeur, mirar lo que no debía lo ha convertido en asesino.

Iris Murdoch se sirvió de este episodio relatado por Heródoto para elaborar la peripecia del inolvidable protagonista de A severed head. Martin se mete en un follón colosal cuando descubre al villano de la novela en una relación incestuosa con su hermana. Valora entonces las opciones de que dispone: si le promete silencio, será objeto de sospechas; si lo somete a chantaje, se expondrá a terribles consecuencias. Tal es la disyuntiva a la que aboca el conocimiento indeseado: arrojarse a la espada o empuñarla.

La realidad tiene aristas muy afiladas. Por eso al tratar de aprehenderla nos exponemos a unos cuantos pinchazos. Lo peor, con todo, no es el estrépito con que estalla una burbuja, sino la certidumbre de que ésta no volverá a recomponerse. El niño que descubre la identidad de los Reyes Magos es, por mucho que se autoengañe, incapaz de volver a escribirles una carta. Romper un hechizo es fácil: cualquiera puede hacerlo; pero luego no hay rey ni roque que lo revierta.

Es comprensible que algunos padres traten de preservar la inocencia de sus hijos. Cosa bien distinta es trocar al docente por aquella madre protectora que, según la metáfora de Rousseau, arranca un arma peligrosa de manos de los pequeños, manteniéndolos en un bello estado de imbecilidad. La irrupción del veto parental recuerda a aquella cruzada contra el onanismo que emprendieron a finales del ochocientos las clases altas francesas, decididas a alejar a sus niños de las institutrices: no era el perjuicio, sino el pecado. Flaco favor hacen quienes, al vapor de sus mejores intenciones, corren el riesgo de hacer de sus churumbeles los “nuevos parias de la clase”, por decirlo con Antonio G. Maldonado. En cuanto a los políticos que, por mor de los votos o por amor a los niños, justifican esta idiocia so pretexto de combatir el adoctrinamiento, recuérdese lo evidente: retener a alguien en la edad de la inocencia es condenarlo a la inutilidad. Obrar así sería, por decirlo con un tweet de Lidia García, como dar un sartenazo a alguien y luego preguntarle con los ojos llorosos si se siente dolorido.

Sirva de estrambote una vieja historia. Al morir el rey Alarico, los godos lo enterraron en el curso del río Busentino, lindante con los muros de la villa calabresa de Cosenza. Para ello, excavaron una profunda fosa y, acompañando el cadáver, depositaron centenares de toneladas de oro y de plata, procedentes del saqueo de Roma. Después de sellar el sepulcro, devolvieron a su curso las aguas del río. Sobra decir que nadie ha encontrado jamás el tesoro. Himmler acudió a Cosenza en 1937 enviado por el Führer pero no dio con él. Tampoco los arqueólogos que lo han intentado después. Al parecer, con tal de mantener la ubicación en secreto, los godos degollaron a los sepultureros que habían cavado el foso. Sabían demasiado. Intuyo que antes de acercarles el cuchillo les dijeron: ¡es por vuestro bien!

En este vídeo, Jorge Freire habla sobre literatura carcelaria y algunos de sus ejemplos: 

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