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En defensa de la niebla

De todos los secretos que oculta la niebla, no hay otro mayor que su belleza

“Húmedo, nebuloso y triste”, el tiempo inglés –en testimonio de nuestro Moratín- “es capaz de dar fastidio al hombre más bien hallado con su existencia”. Montesquieu será aún más contundente: “la enfermedad del clima”, allá en las islas, puede causar “el hastío de todas las cosas y hasta de la vida”. Según se sabe, los británicos hablan mucho del tiempo, pero jamás han hecho nada para arreglarlo. A cambio, han inventado todo lo que va de las gabardinas a las isobaras y del anemómetro a los paraguas de la reverente casa Brigg. Ítem más: sin su cielo “opaco y caliginoso” difícilmente hubiera habido hierba para el cricket o el rugby, ni ese “viento protestante” que desguazó las naves de la Armada.

Quizá el tiempo inglés pueda tener una defensa en todo salvo en la niebla, “la única fuerza ciega que existe en estas islas”, como escribió el gran Augusto Assía. Lo dijo Dickens: “niebla por todas partes”. James la consideró “letal”, Taine “horrible” y Verlaine “odiosa”, pero sin la niebla de Londres –como una tinta aérea o un personaje más- no hubiéramos tenido al Hyde que huye por los callejones ni, efectivamente, medio Dickens. Muy temible ha sido esa niebla de la densidad y el color del “puré de guisantes”: en 1873, veinte personas cayeron al río, desorientadas y ciegas a causa del “brouillard”. Uno prefiere quedarse con otra imagen, replicada estos días: aquel humo frío de la neblina que entraba poéticamente por la puerta de los clubs a lamer los peldaños de las escaleras.

Para Harry Mount, la niebla está detrás de la “melancolía constitutiva” del inglés, de su tendencia a desdramatizar todo entusiasmo. Assía la ve causante de esa “inflexible flexibilidad” de los británicos. La bruma del cielo, capaz de difuminar los perfiles de nitidez de toda cosa, también habría sido responsable –según Priestley- de su humor. En realidad, las mismas casas de Inglaterra –esa arquitectura victoriana de ladrillo y terracota- parecen pensadas para posar entre las brétemas, siempre como el desvelar de un encantamiento o de una aparición. Sin niebla, hasta las cabinas de teléfono podían haber sido de color azul o negro. Será que, de todos los secretos que oculta la niebla, no hay otro mayor que su belleza.

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