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Elogio a los muertos

En días como el de ayer, nuestro recuerdo se acerca a nuestros muertos más cercanos, familiares y amigos. Pero echo en falta un espacio para el recuerdo que, como comunidad, no hemos dedicado a los conciudadanos que murieron por nosotros.

En días como el de ayer, nuestro recuerdo se acerca a nuestros muertos más cercanos, familiares y amigos. Pero echo en falta un espacio para el recuerdo que, como comunidad, no hemos dedicado a los conciudadanos que murieron por nosotros y que, sepultado por el paso del tiempo y los acontecimientos, azuza nuestra mala conciencia.

Hace 2.500 años, Perícles, en su más célebre discurso fúnebre, supo decirlo: La ciudad (hoy la nación democrática) debe elogiar a los que murieron por ella. Esos muertos nuestros hechos por el enemigo terrorista y que no fueron bien enterrados por los suyos. Habría que desenterrarlos para volverlos a enterrar en ceremonias públicas con todos los honores, depositándolos en el lugar más hermoso de la ciudad, que es donde debiera darse sepultura a los que murieron por defenderla. Y después de cubrirlos con tierra, en una alta tribuna erigida a fin de que pudiera hacerse oír ante la muchedumbre, un hombre elegido por la ciudad, pronunciara en honor de éstos el pertinente elogio. Pues sería justo que se les valorara en primer lugar, su valentía en defensa de los valores de la patria, ya que ninguno flojeó por anteponer el disfrute continuado de su vida tranquila, ni demoró el peligro. Por el contrario, consideraron más deseable que todo esto, la protección de los valores democráticos comunes, y estimando además que éste era el más bello de los riesgos, decidieron optar por los peligros, confiando a la esperanza lo incierto de su éxito. Dieron, en efecto, su vida por proteger la comunidad, y debieran cosechar una alabanza imperecedera y la más célebre tumba: no sólo el lugar en que yacen, sino aquella otra en la que por siempre les sobreviva el reconocimiento a su entrega en cualquier ocasión que se presente. Porque para los que mueren por la democracia, la tumba es toda la tierra, y no sólo debería señalarse con una inscripción sepulcral, sino que en todos debería pervivir su recuerdo grabado en el alma. Es justo y al mismo tiempo conveniente que en todo momento se les conceda la honra de su recuerdo. Este es el modo en que se los debe enterrar, dijo Perícles.

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