Víctor de la Serna

El virus chino tiene muchos padres

"Los males de una revolución industrial como la de hace siglo y medio, unida a un poder autocrático marxista y al desarrollo tecnológico del siglo XXI, producen estos monstruos, y más que producirán"

Opinión

El virus chino tiene muchos padres
Foto: Andy Wong| Reuters
Víctor de la Serna

Víctor de la Serna

Periodista generalista a la antigua usanza, ha acabado especializándose en comunicación, cocina, vinos, baloncesto y las calles de Madrid.

Al cabo de ocho semanitas y media de encierro, de muertes, de miedo, de pandemia mundial como no la habíamos vivido desde el siglo XIV, quizá uno se vuelva más introspectivo que analítico, y quizá los pensamientos se vayan por cerros aún más lejanos que los de Úbeda, pero perdonen si este cronista se deja llevar a conclusiones quizá demasiado tétricas. ​

En particular: casi todo lo que estamos viviendo es un corolario de la traición, en la mayor parte del mundo, del concepto liberal clásico –la iniciativa personal por delante, siempre con el respaldo de la ley y el respeto a ella- del desarrollo económico en un marco democrático. En algún lugar entre Tony Blair y Boris Johnson, entre Bill Clinton y Donald Trump, las potencias occidentales que promovieron ese desarrollo se pasaron a lo que la izquierda llama torticeramente “neoliberalismo”, es decir, en realidad a economías financieras y especulativas con enormes ventajas –fiscales y legislativas- para los más poderosos y acomodados. ​

Pero el resto del mundo ha caído aún más abajo: las democracias del sur de Europa han devenido en partitocracias que se reparten el pastel del sector privado; de los regímenes comunistas o inspirados en el comunismo –desde Rusia hasta las diversas revoluciones iberoamericanas- han nacido las actuales cleptocracias, y la nueva gran potencia, China, aúna todas las virtudes: capitalismo salvaje bajo estricto control político del poder comunista y sin ninguno de los controles ni de las salvaguardias –de calidad, de salubridad- de una democracia parlamentaria.​

La peste que nos está arruinando nació en Wuhan, pero podía haber nacido en Guangzhou o en cualquier parte de la China comunista. Los males de una revolución industrial como la de hace siglo y medio, unida a un poder autocrático marxista y al desarrollo tecnológico del siglo XXI, producen estos monstruos, y más que producirán. China es el paradigma de la deriva mundial de los últimos 30 años, desde que creímos haber ganado porque había caído un muro.​

Aparte de la tragedia sanitaria y humana, lo que a uno –encerrado en un barrio afortunadamente tranquilo y placentero de Madrid- más le preocupa es el porvenir del último baluarte frente a ese deterioro brutal de las libertades y de las leyes en el mundo, que es la Unión Europea.

Con generosidad, ese proyecto admitió pronto en su seno a muchos países del antiguo bloque soviético, y mientras Polonia y Hungría protagonizaban un impensado regreso a las políticas derechistas de antes de la guerra mundial, la UE se resquebrajaba y debilitaba, con el sur en pleno trayecto populista y Gran Bretaña persiguiendo un ridículo sueño imperial dieciochesco. Nos quedan, quizá, los alemanes curados de espantos nazis y soviéticos, junto a los fríos y sensatos nórdicos. A saber si, entre ellos y unas elecciones norteamericanas en noviembre que no salgan por el lado trágico, logran enderezar la marcha de este navío mundial que, empujado por un virus mortal, acelera hacia un naufragio terrible…​

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