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El victimismo es un totalitarismo

Ahora parece que cuando un tipo de Pensilvania tiene a doce niñas encerradas la culpa es del heteropatriarcado. O culpa de que no es hombre, sino monstruo. Y pronto será culpa de alguna y mejorada versión del maligno. Pero lo que no cabe esperar nunca es que sea culpa del hombre, a cuya naturaleza seguimos empeñados en exculpar de cualquier mal.

Por un lado, considerar que la culpa de nuestros males es de los monstruos o del heteropatriarcado es una ficción consoladora, que nos sirve para mantener intacta nuestra fe en el buen salvaje; la confianza en que, si el mal no es natural, sino socialmente construido, todo mal puede ser también políticamente destruido. La confianza en que no hay mal que un buen hombre, con un par de arrobas bien puestas, no pueda erradicar de una vez y por todas. Nos negamos cualquier mal para no tener que privarnos de ningún bien.

Por otro lado, el recurso al heteropatriarcado sirve a una de las mayores aspiraciones del buen occidental, que es la de convertirse en víctima y, en consecuencia, en alguien que no puede ser criticado; en alguien perfectamente irresponsable. ¿Cómo vamos a pedir explicaciones públicas a quién ya tiene suficiente con su dolor privado? Y aunque es evidente que no todos somos víctimas de hombres como el de Pensilvania, lo cierto es que todos podemos reivindicarnos como víctimas del heteropatriarcado, porque para serlo solo hay que quererlo.

Y así como para luchar contra el mal de un hombre como este sólo hay que juzgar y encerrar a un hombre como este, para combatir el heteropatriarcado hay que acallar a toda una cultura. Por eso hay que vigilar muy mucho con todos aquellos discursos que por cobardes, por irresponsables, se niegan sistemáticamente a contemplar la responsabilidad individual del mal. No sólo porque dejen solas a las víctimas, sino porque este victimismo es un totalitarismo.

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