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El valor de liarla parda

Salir a la calle funciona. En una sociedad extraordinariamente mediatizada, las movilizaciones y campañas callejeras movilizan a cada vez más ciudadanos hartos, cansados y sin más maneras de demostrar su descontento que el juntarse con otros que quieren mostrar lo mismo.

Ahí tienen al Parlamento ucraniano en movimiento, después de una sesión extraordinaria en que se ha conocido la dimisión del primer ministro, Mikola Azárov, y de todo su Gobierno. También se han anulado las leyes antiprotesta que se aprobaron hace una semana y que endurecían las penas por manifestaciones no autorizadas y prohibían acampar en la calle como medida de presión. Todo ello, tras meses de protestas en la calle que se han recrudecido en los últimos días, hasta el punto de que el Gobierno se planteó declarar el estado de emergencia.

Un día antes, el Gobierno madrileño había dado marcha atrás en uno de sus proyectos estrella: la privatización de los hospitales. La oposición y diversos colectivos ciudadanos habían batallado en los tribunales el plan de dejar en manos privadas la gestión de seis centros, y el Tribunal Superior de Justicia de Madrid les ha dado la razón. Pero fue la presión de la marea blanca, esas decenas de miles de ciudadanos que salieron a la calle para protestar contra el plan del Gobierno popular de Madrid, la que ha frenado finalmente los planes del presidente Ignacio González, y ha hecho dimitir al consejero, Javier Fernández-Lasquetty.

Y unas semanas antes habían sido los vecinos de un barrio burgalés, El Gamonal, los que habían conseguido frenar los planes de su alcalde de construir un nuevo bulevar y un aparcamiento, obras que, según el alcalde, contaban con la aprobación de la mayor parte de los vecinos, pero que fueron suspendidas ante la presión de aquellos que estaban en contra.

Salir a la calle funciona. En una sociedad extraordinariamente mediatizada, donde la información ya no fluye de arriba abajo (de los políticos o empresas a los medios, y de ellos a las ciudadanos), sino también de abajo arriba o incluso en zig-zag (de los ciudadanos a los ciudadanos a través de las redes sociales), las movilizaciones y campañas callejeras movilizan a cada vez más ciudadanos hartos, cansados y sin más maneras de demostrar su descontento que el juntarse con otros que quieren mostrar lo mismo.

Manifestarse es un derecho, y no un peligro, como denuncian muchos tertulianos de la derecha. Este sábado, a las 12, frente al Ministerio de Justicia en Madrid, y ante la machista y atávica reforma de la ley de la aborto, podemos demostrar de nuevo que un voto no es un cheque en blanco.

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