Omar Lugo

El último pastel de Misao Okawa

Su recuerdo será efímero, pues no son los calendarios los que garantizan ese pedazo de inmortalidad con la que soñamos. Nuestra trascendencia viene más bien de nuestras obras, hechos y legados.

Opinión

El último pastel de Misao Okawa
Omar Lugo

Omar Lugo

Periodista a tiempo completo, dedicado a temas de Economía desde 1986. Desde marzo de 2014 es director general del portal El Estímulo.

Su recuerdo será efímero, pues no son los calendarios los que garantizan ese pedazo de inmortalidad con la que soñamos. Nuestra trascendencia viene más bien de nuestras obras, hechos y legados.

Es el tipo de récord que dura poco. Todos los años se repite la noticia en la ubicuidad de Internet: “fallece la mujer/el hombre más viejo del mundo”.

Esta vez le ha tocado despedirse de su celebridad temporal de Matusalén a la japonesa Misao Okawa, en Osaka, poco después de cumplir 117 años. Desde 2013, cuando coronó la cumbre de los 114, era la vara marcadora de quien soñara con prolongar sus días sobre la tierra, este lugar definitivo para el cuerpo y para lo que los teólogos y la fe llaman el alma.

El libro Guinnes de los récord ya anunciará a quien le toca el testigo.

Okawa, vivió los últimos dos años del siglo XIX, todo el XX y los primeros 15 del XXI. Una estela de supervivencia, proeza de los genes del Japón, ese archipiélago que reúne bajo una misma nacionalidad, la más avanzada tecnología, tradiciones milenarias, el estrés de ciudades siempre futuristas y existencias bucólicas en islas rurales, donde la dieta del arroz, vegetales y pescado ayudan a exprimir al máximo unos cuerpos que han logrado prolongar la existencia más allá de lo sensatamente predecible.

Su imagen, frente al pastel de las 117 inviernos, ya denotaba que estaba jugando el tiempo de descuento. Aparecía frágil, menuda, en el trance de que alguien –acaso un bisnieto- le llevara a la boca una cucharada del que sería su último pastel de cumpleaños.

El tiempo “esa sustancia de la que estamos hechos”, como decía Borges, se le acabó. El último grano de arena de su reloj biológico se escurrió en silencio y ha quedado su nombre grabado en un libro.

Su recuerdo será efímero, pues no son los calendarios los que garantizan ese pedazo de inmortalidad con la que soñamos. Nuestra trascendencia viene más bien de nuestras obras, hechos y legados.

A falta de mayores pruebas de celebridad, serán sus genes, heredados a una copiosa descendencia, la que hará justicia a su tránsito sobre la tierra…hasta que su nombre sea una lejana luz que languidece y se apague en la memoria de las generaciones que le sobrevivan.

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