Laura Ferrero

El sentido de todos los finales

En 1990 yo tenía siete años y vi mi primera película de adultos: Pretty Woman. Luego lo hice en tantas ocasiones que llegué a aprenderme los diálogos. Pero recuerdo sobre todo esa primera vez porque me pareció una película verdaderamente emocionante. Sobre todo el final, con esa canción de Roxette que decía aquello de “It must have been love, but it’s over now” mientras una nostálgica Julia Roberts miraba a través de la ventana de una limusina y un jovencísimo Richard Gere se iba al aeropuerto, dándole vueltas a si volver o no a buscar a la princesa Vivian. Y no solo la va a buscar sino que además le compra un ramo de rosas rojas. Aún estoy viendo a Richard Gere subiendo por la escalera de incendios –Richard, seguro que si hubieras llamado al telefonillo, como una persona normal, hubiera habido ascensor– hasta que después de la proeza, con el vértigo a cuestas, llega donde su querida Vivian y  todo termina fundido en uno de esos besos románticos, limpios y apasionados. Entonces, una voz en off dice “Bienvenidos a Hollywood, tierra de sueños, unos se hacen realidad y otros no. Pero sigan soñando”. Gracias por el dato, que sino aún estaría esperando a Richard Gere en mi casa sin escaleras de incendios.

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El sentido de todos los finales
Foto: Touchstone Pictures

“–Cuéntame un cuento, Pew.

–¿Qué clase de cuento, pequeña?

–Uno con final feliz.

–En el mundo eso no existe.

–¿Un final feliz?

–No, un final.”

(Jeanette Winterson)

En 1990 yo tenía siete años y vi mi primera película de adultos: Pretty Woman. Luego lo hice en tantas ocasiones que llegué a aprenderme los diálogos. Pero recuerdo sobre todo esa primera vez porque me pareció una película verdaderamente emocionante. Sobre todo el final, con esa canción de Roxette que decía aquello de “It must have been love, but it’s over now” mientras una nostálgica Julia Roberts miraba a través de la ventana de una limusina y un jovencísimo Richard Gere se iba al aeropuerto, dándole vueltas a si volver o no a buscar a la princesa Vivian. Y no solo la va a buscar sino que además le compra un ramo de rosas rojas. Aún estoy viendo a Richard Gere subiendo por la escalera de incendios –Richard, seguro que si hubieras llamado al telefonillo, como una persona normal, hubiera habido ascensor– hasta que después de la proeza, con el vértigo a cuestas, llega donde su querida Vivian y  todo termina fundido en uno de esos besos románticos, limpios y apasionados. Entonces, una voz en off dice “Bienvenidos a Hollywood, tierra de sueños, unos se hacen realidad y otros no. Pero sigan soñando”. Gracias por el dato, que sino aún estaría esperando a Richard Gere en mi casa sin escaleras de incendios.

Cuando la película terminó, me quedé pensativa. Le pregunté a mi madre qué ocurría después y ella me miró extrañada.

–¿Cómo que después? La película ya se ha acabado.

Lo que yo quería saber era si después de la escenita se casaban y tenían hijos. Entonces me respondió, ya cansada de que siempre hiciera ese tipo de preguntas, que eso no se podía saber. Y me dio rabia, la verdad, que las películas siempre te dejarán sin saber qué ocurría más tarde. ¿Se casarían? ¿Se pelearían y Julia Roberts volvería a ser prostituta? En mi cabeza, lo más lógico hubiera sido que alguien pudiera responderme a esa pregunta. Porque en la vida, los finales de película no existían: todo era una continuación. Aquel día, de camino a casa, mi madre me contó que uno nunca podía saber qué ocurría después de que en la pantalla pusiera “The end”. Me pareció una estafa.

Más tarde cambié de opinión. Con los años me di cuenta de que justamente, lo que ofrecía la literatura o incluso el cine, era la posibilidad de poner un punto y aparte. De cerrar un guión completo y poner un final a las historias, cosas que en la vida nunca sucedían.

Lo entendí sobre todo cuando leí El sentido de un final, de Julian Barnes y volví a recordarlo cuando, la semana pasada, fui al cine para la ver la adaptación que habían hecho de la película –muy buena, por cierto– y me encandilé de aquel tipo gris, Tony Webster, un hombre inglés que narra su vida desde una premisa imprescindible: la falibilidad de la memoria. ¿Recordamos lo que sucedió o lo que hubiéramos querido que sucediera? ¿No es la memoria una aliada para liberarnos de culpas y rellenar espacios en blanco con explicaciones hechas a medida? Me fascinan las distintas versiones de la vida, esas justificaciones que convierten a cada una de nuestras historias en algo tan poliédrico como inabarcable. Los finales no existen, solo son la ilusión de un sentido. Nada más que otro espejismo.

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