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El Quijote inglés

En el siglo XVII, recuerda Francisco Rico, en España constan veinte alusiones al Quijote y en Inglaterra se registran más de dos mil, cifras que parecen dar por buena aquella frase según la cual Inglaterra ha llevado a Cervantes junto a su corazón como si se tratara de su propio hijo. También es la constatación de que, si la novela moderna nació en España, su maduración tuvo lugar –por esa vía cervantina que va de Fielding y Sterne hasta Charles Dickens- precisamente en Gran Bretaña. Todavía hoy, el adjetivo “quijotesco” se emplea con más profusión en las islas británicas que en la patria de Cervantes, e incluso nuestra primera vida cervantina –tan tardía como meritoria-, la de Mayáns y Siscar, fue comisionada por “la admiración y munificencia de un prócer inglés”, Lord Carteret, antiguo secretario de Estado.

La pasión cervantina de los ingleses es, por sí misma, toda una categoría intelectual. En ella se mezclan no pocos misterios, la petite histoire de unos cuantos perfiles humanos de extraña seducción, y esa dosificación de traducción, influencia y crítica que propicia el enriquecimiento de dos tradiciones culturales en contacto. También ha habido lugar para las mixtificaciones: si Shakespeare a buen seguro leyó el Quijote y su perdido Cardenio lo recreaba, también se ha llegado a afirmar que, en realidad, el autor del Quijote es nada menos que Francis Bacon. Como sea, el hispanista Fitzmaurice-Kelly recordaba, en el tricentenario de la novela, que “Inglaterra fue pionera en rendir tributo a la magnífica obra maestra” cervantina, y que “la perspicacia británica, el aprecio británico, la erudición británica y la generosidad británica” han contribuido de modo sublime “al más amplio reconocimiento del genio de Cervantes”. Para el profesor Rico –que recuerda el auge en el XVII del español como lengua de cultura en Inglaterra-, este amor cervantino se debe sencillamente a que “los ingleses son más inteligentes que nosotros”.

Lo más sorprendente del citado amor es que fue un flechazo: en 1607, ya había obras de teatro que aludían a la lucha con los molinos de viento; en 1612 –como ocurría en otros países - ya había traducción de la primera parte del Quijote. Su artífice, Thomas Shelton, la había tenido varios años guardada en un cajón, tras completar el trabajo “en el espacio de cuarenta días”. De este Shelton –primer traductor de los muchos que iba a haber- se sabe poco, y de ese poco, todo lo que se sabe tiene el sabor de lo oculto. Se sospecha que era un católico más o menos conspirativo, oblicuamente al servicio del rey de España, como conocedor del español que era. Shelton no tradujo el Quijote de su edición castellana, sin embargo, sino de la impresa en Bruselas para los Países Bajos, y después aún llegaría a traducir la segunda parte de la novela, en versión editada tras la muerte de Cervantes. Su trabajo, por apresurado que fuera, ha merecido elogios precisamente en virtud de su carácter arrebatado y su llegada tan directa “al amante puro de la literatura”, según el ya citado Fitzmaurice-Kelly. John Ormsby, antes de repasar con dureza el producto final, le reconoce un “encanto” inimitable para cualquier otro esfuerzo moderno, en parte porque Shelton era coetáneo de Cervantes “y no le costaba ningún esfuerzo ver las cosas como Cervantes las veía”.

Después de Shelton llegaría la traducción de Phillips, sobrino de Milton, todavía en el XVII; y ya en el XVIII tenemos las de Motteux o Charles Jervas –conocida, por una errata, como la traducción de Charles Jarvis. Esta última es reputada como la más erudita de todas. La de Smollet, de la misma época, ha sido muy leída, si bien habría que esperar un siglo para llegar a la versión del ya aludido John Ormsby, quizá la más competente en términos de pureza filológica, aunque las interpretaciones cervantinas del autor –prototipo de erudito algo cascarrabias- hayan conocido su polémica. En el XIX también se inicia la docta labor de edición cervantina del irlandés James Fitzmaurice-Kelly, hombre por otra parte de conexiones jerezanas y bien relacionado con la inteligencia española de la época –Juan Valera, por ejemplo-, que iba a llegar a correspondiente de la Real Academia Española y a sentar fama de devoto y sage de las letras ibéricas.

Si en el siglo XXI ya ha habido nada menos que tres nuevas traducciones del Quijote, una de las más curiosas del siglo XX es la de Walter Starkie, ante todo por lo interesante del personaje. No en vano, además de espía al servicio de Su Majestad, fue violinista de talento, viajero, experto en mundo gitano, director del famoso Abbey Theatre de Dublín por encargo de Yeats y –lo que más importa- responsable del extraordinario despegue del British Institute en la España de la posguerra, puesto desde el que llegó a amigar con Azorín o Pío Baroja.

Se ha dicho que el ardor cervantino de los ingleses fue un enamoramiento súbito, pero también habrá que decir que ese coup de foudre fructificó en un prolongado matrimonio. En ocasiones, ha sido incluso un matrimonio celoso, como cuando se ha criticado a los españoles por tener a Cervantes en un presunto desdén o dedicarle un monumento –como el de la plaza de España en Madrid- más adecuado a la envergadura de la gloria de un poeta local. Sí, no ha faltado quien ha visto en Cervantes un escritor más inglés -o más irlandés, incluso- que español.

A la inversa, no pocos españoles habrán sentido el halago de la vanidad colectiva de que nada menos que los ingleses mostraran reverencia, sin condescendencia alguna, hacia el gran genio nacional. Hasta la irrupción de Cervantes, los intercambios literarios entre ambos países –con excepciones como el Amadís o Fray Luis de Granada- habían sido de sustancia menor. Cervantes, sin embargo, no sólo influyó con el Quijote, sino que dio pie a mil y una relecturas con sus Novelas ejemplares; su obra mayor, además, iba a ser alabada por Addison y por Pope, por Fielding y por Coleridge, por Lamb y Walter Scott y George Meredith. El propio Fielding publicó un Don Quijote en Inglaterra, Charlotte Lennox un Quijote femenino y Richard Graves un Quijote espiritual. Sterne lo prefirió a Rabelais y Johnson sólo cedió la primacía a la Ilíada. Byron supo que leerlo en el original era “un placer ante el que los demás se desvanecen” y, como se ha dicho, es casi seguro que Shakespeare lo tuvo ante sus ojos. Hubo quien, más allá del Cardenio, quiso ver la mano del Bardo en The second’s maid tragedy, obra que a estas alturas todavía busca autor. Es la perpetua sugestión de que el gran poeta inglés viajara con un Quijote en sus alforjas. Al cabo, si para los españoles es un dato de importancia, para los ingleses lo ha sido aún más el hecho de que Shakespeare y Cervantes murieran el mismo día. En realidad, por esos caprichos del calendario, no hubo tal, pero eso no obsta para que un cervantista inglés pudiera gustarse al afirmar que en ambos países, “por citar a Homero, el sol se ocultó del cielo a la misma hora”.

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