Carlos Carnicero

El niño se nos ha hecho grande

El trabajo de un futuro rey debe ser sigiloso, porque la composición química de la Monarquía, envuelta en la herencia de la sangre, no permite muchos análisis de laboratorio

Opinión

El niño se nos ha hecho grande

El trabajo de un futuro rey debe ser sigiloso, porque la composición química de la Monarquía, envuelta en la herencia de la sangre, no permite muchos análisis de laboratorio

La Monarquía (restaurada o instaurada) en España es un milagro de la alquimia democrática. El Rey, fue designado por el dictador Francisco Franco heredero de la jefatura del estado, a título de Rey, saltando por encima de los derechos dinásticos que pudiera tener el padre del actual monarca, Juan de Borbón.

Y entonces, incluso antes de la muerte del dictador, el laboratorio de la democracia española empezó a trabajar en la fabricación de un Rey, sometido al Parlamento y a la Constitución democrática, que se hiciera hueco en la aceptación de los españoles.

El certificado de legitimidad de don Juan Carlos fue expedido de manera tácita, por su intervención durante el golpe de estado del 23-F. No importa tanto las incógnitas que quedan sobre aquellas veinticuatro horas de angustia para la joven democracia española. La resultante fue que el Rey, secuestrado el Gobierno y el Parlamento, dio un paso al frente para restablecer el orden constitucional.

El tiempo ha hecho su trabajo con la Monarquía; ahora mismo, en sus momentos más bajos, con el titular de la corona afectado por una salud precaria de la que no tenemos toda la información.

Cumplidos setenta y cinco años, la opción razonable sería la abdicación, y diluir el efecto tóxico de la vida privada del Rey y del espectáculo bochornoso de su yerno, Iñaki Urdangarín y la Infanta Cristina.

El niño, el príncipe Felipe, se nos ha hecho mayor. Sabemos poco de él excepto la imagen que transmite. El trabajo de un futuro rey debe ser sigiloso, porque la composición química de la Monarquía, etérea, predemocrática y misteriosa, envuelta en la herencia de la sangre, no permite muchos análisis de laboratorio.

La gran ventaja del Rey y de su hijo es que la república no tiene quien trabaje por ella. Pero desaparecido del espacio de poder controlado que confiere al Rey la Constitución, si don Juan Carlos abdica o fallece, el recambio se apunta complejo en época de crisis sistémica.

El Príncipe reclama paso sin aspavientos. Y los españoles observan con interés qué hay detrás de ese rostro que se ha vuelto serio y solemne, preludio de los retos que le esperan.

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