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El muro

Cada vez que la justicia condena a los nacionalistas por corruptos es casi inevitable recordar aquellas palabras que, desde el balcón de la Generalitat y a propósito de la querella que interpuso Carlos Jiménez Villarejo, a la sazón fiscal general del Estado, contra ex dirigentes de Banca Catalana, Jordi Pujol arrojó hace más de treinta años a una masa enfebrecida de patrioterismo: “El Gobierno central ha hecho una jugada indigna. A partir de ahora, cuando alguien hable de ética, de moral o de juego limpio, hablaremos nosotros, no ellos”.

Cada vez que las excrecencias convergentes salen a flote se debería resquebrajar un poco más el infame muro que el pujolismo alzó para dividir el nosotros del ellos. El pueblo pacífico y laborioso del yermo bronco y parasitario. La nación sonriente y solidaria del Estado cruel y opresor.

Sin embargo, el desvarío ha llegado a tales extremos que, en lugar de entender la corrupción como un mal no exclusivo pero sí intrínseco de cualquier nacionalismo, se excusa tratando al mangante de anécdota, de quintacolumnista (el pobre santo inocente Rufián señalando a Millet como miembro de FAES, por ejemplo) o de hipérbole pergeñada por los enemigos de la patria con fines espurios.

Para el catalanismo siempre ha habido y habrá una justificación que impida la posibilidad de que el muro se desmorone al fin y la realidad se muestre de nuevo tal y como siempre ha sido. De hecho, la supervivencia del nacionalismo necesita de ese muro que sirve tanto de lamentaciones en la fase depresiva como de euforias supremacistas en fase maniaca.

Así acabó el constructor Pujol su arenga triunfal: “Podéis estar orgullosos de vuestra condición de catalanes y, ahora, con la confianza en nosotros mismos, hemos de volver al trabajo, después de la gran victoria que hemos conseguido con esta rotunda manifestación de catalanidad, de democracia y de convivencia (…) Hoy hemos hecho una cosa bien hecha, de la que hablará la historia. No lo dudéis, el de hoy es un acto histórico”.

Unas palabras que bien pudieran escribirse hoy en un hilo de twitter desde Bruselas o en una epístola de Estremera.

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