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El menosprecio de la mente provinciana

Foto: Emilio Naranjo | EFE

Provinciano: dícese de aquella mente que solamente puede leer la realidad desde su particular estrechez de miras. Se trata de una mentalidad típica de estos tiempos paradójicos. Puedes, por ejemplo, pertenecer a esa élite político-cultural que conforman los newyorkers y comportarte como un provinciano de libro. Quizá esa sea la auténtica marca de identidad de este tipo de intelectualidad global. Pero el provincianismo, aunque se vista de universalidad, sigue siendo un planteamiento tosco e insulso. Desde hace años, el corresponsal en España del New York Times lo demuestra con sus artículos. Raphael Minder camina bien acompañado. John Lee Anderson lleva haciendo lo mismo desde hace años al describir al mundo lo que está sucediendo en nuestro país, especialmente en Cataluña. Viajar, digan lo que digan, no cura la mentalidad provinciana. Porque Minder y Anderson son, ante todo, gente viajada. Pero no se les nota demasiado. Nos sermonean sobre lo humano y lo divino sin escapar de su pequeña baldosa.

Y creo que sucede algo parecido con la polémica sobre Madrid Central. Porque también hay una élite provinciana que no es capaz de pensar más allá de los límites que marca una estancada M-30. Sin saber qué repercusión directa en la vida de los ciudadanos va a tener esta decisión política, la medida nos vale para ejemplificar cómo opera la mentalidad provinciana que se sirve de la hipérbole para presentarnos la iniciativa como una reedición del guetto de Varsovia o la salvación de la humanidad. Las estrategias políticas tienen estas peculiaridades. Madrid Central es un espectáculo de luces y artificio, como tantos otros que hemos vivido ya, que las mentes provincianas nos quieren vender como epítome de una discusión de carácter cosmopolita o como el apocalipsis que está al caer. Ni una cosa, ni la otra.

Las discusiones bizantinas siempre tienen algo de provincianas y permiten oscurecer la conversación pública. El provincianismo cree que su realidad es como el mundo, pero un poco más importante. Son trileros que se engañan a sí mismos por muchas evidence-based policy que abanderen. Los auténticos retos políticos de Madrid, como los de cualquier gran urbe actual, no se dilucidan exclusivamente en el centro. Ni siquiera en el campo de lo estético. Lo sabemos bien quienes vivimos más allá de la M-30. Aunque el gobierno local no sea capaz de entenderlo, todavía estamos aquí para algo más que para recibir publicidad a mayor gloria institucional. El futuro de la ciudades pasa por sus periferias y esto nunca copará los titulares de prensa. La postiza sinécdoque de identificar Madrid Central con la totalidad de Madrid es el penúltimo menosprecio de la mente provinciana por muy universalista que ésta se disfrace.

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