Carlos Esteban

El más sublime de los placeres

'Publish or perish'. La admonición dirigida a científicos y académicos -publica o muere- es, como resulta lógico, mucho más cierta aplicada a los analistas de los medios, que no solo deben buscar las causas y analizar las consecuencias de cada suceso que cope portadas, sino que tenderá a hacerlo desde la enrarecida y cerrada atmósfera, como de conventículo gnóstico, del periodismo político. Si estudiaste para martillo, todos los problemas se vuelven clavos.

Opinión

El más sublime de los placeres
Carlos Esteban

Carlos Esteban

Tres décadas haciendo periodismo, primero en el Grupo Recoletos y luego en el Grupo Intereconomía.

‘Publish or perish’. La admonición dirigida a científicos y académicos -publica o muere- es, como resulta lógico, mucho más cierta aplicada a los analistas de los medios, que no solo deben buscar las causas y analizar las consecuencias de cada suceso que cope portadas, sino que tenderá a hacerlo desde la enrarecida y cerrada atmósfera, como de conventículo gnóstico, del periodismo político. Si estudiaste para martillo, todos los problemas se vuelven clavos.

La historia canónica de lo ocurrido en Charlotte es la siguiente: un policía para y mata de un tiro a un pacífico hombre negro desarmado en la enésima prueba de racismo sistemático por parte de las fuerzas de seguridad norteamericana. Indignados ante un caso más de este lento genocidio racial, la población negra de Charlotte junto a antirracistas blancos inician una protesta que la rabia vuelve ocasionalmente violenta.

Entonces el analista elabora sentimentales columnas sobre un sector olvidado de la sociedad americana y se muestra comprensible con la ira de los manifestantes. Solo que nada de esto tiene sentido porque nada de esto es verdad.

El policía que disparó era negro. La víctima, un delincuente habitual con causas previas por disparar contra la policía, iba armado y en el vídeo se puede oír al policía gritándole diez veces que tire el arma. La policía tiene mayor tendencia a disparar sobre un detenido blanco que sobre uno negro. Y, en el peor de los casos, quemar tu propia ciudad o asaltar un WalMart para llevarte una televisión de plasma parece tener poca relación con la protesta.

Pero el analista, ya lo hemos dicho, tiene que evitar lo obvio y manejar lo que conoce y en lo que está más entrenado, la explicación política habitual. No es probable que un periodista llegue muy lejos en un medio de comunicación americano al uso -no es siquiera probable que continúe en su empleo, para ser sinceros- indicando lo obvio: que hay pocos placeres comparables para un joven varón que dedicarse al pillaje y la destrucción con una buena excusa y con la bendición/comprensión de los medios.

La población negra norteamericana son, sí, los grandes perjudicados por un sistema político perverso, pero no los grandes olvidados, al contrario. El Partido Demócrata los utiliza como caladero de votos y los mantiene contentos con un flujo de prestaciones sociales que ha creado una dependencia atroz. Y no hay fuerza más inestable en el universo social que una masa de jóvenes varones con la testosterona por las nubes, sin empleos ni responsabilidades, a quienes la prensa halaga de forma servil y a quienes se disculpa con el nombre de ‘justa ira’ o ‘legítima protesta’ todo acto de vandalismo y destrucción.

No tiene fácil solución, porque en un país con una población de más de 300 millones siempre habrá un nuevo caso de policía disparando a un negro tarde o temprano, por pura estadística, y las circunstancias, como vemos, no importan nada. Mañana no abrirá WalMart y las empresas y comercios huirán de la ciudad y la policía tendrá nuevas razones para evitar entrar en los barrios negros, haciéndolos más peligrosos. Pero, ¿quién a los veinte años piensa en mañana?

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