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El más barato de los hombres

“Puede que sea el cumpleaños de Washington, pero el padre de la patria soy yo”. Así celebraba Frank Underwood su entrada en la National Gallery. No como un recién llegado entre los grandes, sino como el anfitrión que acoge en su América a algunos de sus más humildes servidores. Y no era la primera vez que lo hacía, ya que en la promoción de la segunda temporada de House of Cards había convertido a políticos reales en personajes secundarios de la serie. Se escandalizaba por aquél entonces la comentarista Peggy Noonan, que no entendía cómo podían los políticos prestarse a un discurso que los presenta como los hombres fríos, cínicos, egoístas y despiadados que retrata el Washington irredimiblemente oscuro y nihilista que gobierna Underwood. Y se lamentaba de que este juego nos hiciese a todos, y especialmente a los jóvenes, un poco más cínicos de lo que sería deseable un poco antes de lo que sería razonable.

Exageraba Noonan, aunque sólo sea porque nuestra sociedad no puede volverse más cínica. ¡Ojalá! Pero el cinismo es una virtud privada al alcance de muy pocos adultos, que pueden y osan contemplar la cruda realidad sin necesidad de mentiras consoladoras. Y necesita, además, de una sociedad que sí que crea en la verdad, la belleza y la bondad que el cínico desprecia. Por eso, como ya advirtió Platón y como no se cansa de recordar Tarantino, no es posible una sociedad de cínicos porque incluso una banda de ladrones necesita de un mínimo de ética para robar como Dios manda.

Así que no es que el discurso que vende House of Cards como una ficción realista nos vuelva más cínicos o descreídos. Es simplemente que refuerza el infantil y antidemocrático prejuicio de que somos mejores que nuestros políticos. Que nos hace más narcisistas. Por eso no es de extrañar que sea un partido de presumidos outsiders como el de Podemos el que más en serio se haya tomado las series de televisión. Ni que sean Iglesias y los suyos quienes más presumen de ser como nosotros, tan buenos y decentes, y quienes al mismo tiempo más tinta y saliva han invertido en explicar lo que cualquier político que pretendiese pasar por decente se había dedicado siempre a ocultar: todas y cada una de las bajezas que estaba dispuestos a hacer para lograr y conservar el poder. Tampoco es de extrañar el célebre gesto de Iglesias regalando al Rey de España una serie como Juego de Tronos al Rey de España. Porque no se trataba, claro está, de enseñarla nada a un Borbón sobre en qué consiste el poder ni la lucha por el trono, sino para recordarnos a nosotros lo malos que son los tronos y sus inquilinos. Porque el realismo político fomenta el narcisismo del pueblo y porque al lado de uno de estos tronistas incluso Maestre parece dechado de virtud. Como bien sabía Maquiavelo, con ese vicio se condenan los pueblos y se coronan los príncipes. Porque al cínico no se le puede comprar, pero el narcisista es el más barato de los hombres.

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