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El marine de las Torres

El 11-S borraron parte del dibujo de ese dólar, rasparon con aviones el perfil de las torres, dejando al descubierto el material del que está hecho la moneda, que además de hamburguesas y coca-cola contiene a gente como David Karnes.

El imperio es una moneda de dólar con Manhattan en el anverso y Hollywood a la espalda, pero el verdadero valor de lo americano está en el metal intermedio, o sea, en toda esa tierra comprendida entre Nueva York y California, llena de familias que cuentan sus generaciones por guerras disputadas, capaces de hacer temblar a Europa sólo con nombrar el motín del té.

El 11-S borraron parte del dibujo de ese dólar, rasparon con aviones el perfil de las torres, dejando al descubierto el material del que está hecho la moneda, que además de hamburguesas y coca-cola contiene a gente como David Karnes.

Cuando se paralizó el mundo, y contemplábamos en la tele el derrumbe de un tiempo, Karnes era consultor senior de Deloitte en sus oficinas de Connecticut. Había dejado atrás más de veinte años de servicio en la infantería de marina, pero en su armario aún conservaba -limpio y almidonado- su uniforme de combate, en previsión de que llegaría un día en que tendría que volver a vestirlo. El día, por supuesto, resultó ser ese 11 de septiembre. Mientras sus compañeros de oficina seguían mirando incrédulos la televisión, Karnes, les advirtió del significado de lo que pasaba: “No os dais cuenta, pero estamos en guerra”. Avisó luego a su jefe de que no contara con él en una buena temporada, y sin más palabras dejó el trabajo para irse a la peluquería. No es que quisiera estar guapo, sino que un marine no da un paso sin tener un plan, y el suyo era llegar hasta las torres y ayudar en lo posible. Sabía que no iba a ser fácil conseguirlo presentándose como un experto consultor de Deloitte, así que le pidió al barbero que le hiciera un corte militar, y una vez rasurado paró en su parroquia, rezó, y pidió al reverendo y a los fieles que oraran para que el Señor le guiara allá donde fuese necesario. Quizá en la oficina, en la peluquería o en la iglesia, hubo más de uno que se sonrió -por dentro, claro- calificando sus palabras y acciones como demasiado melodramáticas. Pero en ese mismo momento dos agentes de policía de Nueva York -MacLouglhin y Jimeno- no tenían motivos para reírse. Se les había caído encima todo el World Trade Center, estaban gravemente heridos, atrapados bajo toneladas de escombros, y la única esperanza que les quedaba estaba en ese momento vistiéndose su uniforme de sargento de marines, y bajando luego a su Porsche 911, un coche descapotable que formaba parte del plan, para hacerse más visible en los controles.

Funcionó. La policía dejó pasar al marine que -ellos pensaron-, se dirigía a reunirse con su unidad. Al caer la tarde llegó a la zona cero. En muchos lugares se había suspendido las operaciones de rescate, porque aquel amasijo de hierros todavía albergaba explosiones y agujeros difíciles de ver entre el humo y el polvo que lo envolvía todo. Karnes eligió una zona en la que no trabajaba nadie, y al poco tiempo encontró a otro soldado -el sargento Thomas-, que había tenido la misma idea. Los dos recorrieron las montañas de escombros, repitiendo una sola consigna: “Marines de Estados Unidos, si nos oye grite o haga ruido”. Y uno de los dos policías atrapados -Will Jimeno- les oyó. Con mucho esfuerzo fue capaz de golpear una cañería, lo suficiente como para que Karnes lo percibiera. Los militares contactaron con los equipos de rescate y colaboraron varias horas con ellos hasta que consiguieron sacar a los policías. Durante el salvamento -desarrollado entre fuego, explosiones, y la posibilidad de nuevos derrumbes-, uno de los bomberos quiso saber el nombre de Karnes. “Sargento mayor David Karnes”, respondió el marine. “¿No tiene un nombre más corto?” inquirió el rescatador. “Sí, usted puede llamarme sargento”. Después de aquello, volvió a los marines y sirvió en Filipinas y en Irak.

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