Matias Costa

El Imperio del Mal

Las acciones de guerra sucia más notables las perpetró Reagan en Latinoamérica. Los acontecimientos que se han venido produciendo en las últimas semanas en Ucrania y Venezuela tienen el sello inconfundible del manual de la CIA.

Opinión

El Imperio del Mal

Las acciones de guerra sucia más notables las perpetró Reagan en Latinoamérica. Los acontecimientos que se han venido produciendo en las últimas semanas en Ucrania y Venezuela tienen el sello inconfundible del manual de la CIA.

Evil Empire fue un calificativo usado por el gobierno de Ronald Reagan para referirse al bloque soviético en los últimos años de la guerra fría. Durante los ocho años que duró su mandato (1980-88), Reagan multiplicó las acciones militares y las operaciones secretas con el único objetivo de destruir a la URSS, y, de paso, a todo gobierno que representara una amenaza para los intereses de su país. La política intervencionista es indisociable de la propia historia de EEUU, cuyo principal objetivo siempre fue extender su hegemonía política y económica y construir un mundo seguro para sus corporaciones. Las acciones de guerra sucia más notables las perpetró Reagan en Latinoamérica, donde tumbaba gobiernos democráticamente elegidos, por el mero hecho de representar una alternativa exitosa al modelo de gobierno capitalista, sustituyéndolos por sangrientas dictaduras diseñadas y entrenadas por el ejército de EEUU en la Escuela de las Américas de Panamá. Quizá, desde la perspectiva actual, la operación de entonces que cobra mayor grado de perversidad a la luz de los acontecimientos posteriores es su apoyo y financiación a Osama Bin Laden y sus talibanes para expulsar a la URSS de Afganistán.

En 1996, la banda de Rap Metal Rage Against the Machine tituló su segundo álbum Evil Empire, dándole la vuelta a la consigna de Reagan y acusando a los EEUU de matones del mundo.

Los acontecimientos que se han venido produciendo en Ucrania y Venezuela tienen el sello inconfundible del manual de la CIA para el golpe de Estado “suave”, una nueva modalidad de desestabilización cuyo objetivo es interrumpir procesos de amplia participación popular y, finalmente, derrocar a un gobierno desfavorable. Esta estrategia se basa en los estudios del politólogo Gene Sharp, cuyo manual para el desequilibrio político se ha convertido en un credo entre los oficiales de la inteligencia estadounidense. Tras ser aplicado con éxito en Serbia (2000), Georgia (2003), Ucrania (2004), Honduras (2009) y Paraguay (2012), y haber fracasado en Venezuela (2002), Bolivia (2008 y 2012) y Ecuador (2010), el gobierno de EEUU tiene claro que ha dado con un nuevo y mejorado método de intervención en el ecosistema político mundial.

Desde las revoluciones de colores (naranja, rosa, etc.) hasta las primaveras árabes, la estrategia Sharp se desarrolla por etapas jerarquizadas o de manera simultánea: 1. promoción del descontento (provocando desabastecimiento, criminalidad, manipulación del dólar y fractura de la unidad social), 2. deslegitimación del gobierno (creando nuevos medios antigubernamentales o apoyando financieramente a los existentes), 3. calentamiento de la calle (creando nuevos grupos opositores o apoyando financieramente a los existentes), 4. combinación de diversas formas de lucha (marchas y tomas de instituciones emblemáticas convirtiéndolas en plataforma propagandística, acciones violentas para provocar medidas represivas y crear un clima de ingobernabilidad) y, finalmente, 5. fractura institucional (forzando la adhesión al levantamiento de figuras clave de las fuerzas militares y órganos de gobierno, llevando las acciones callejeras al límite hasta crear un ambiente insostenible, pidiendo la renuncia del presidente y todo su gobierno). Todo esto es caro, mucho. El gobierno federal estadounidense ha destinado 5 millones de dólares de su presupuesto de 2014 para financiar actividades de la oposición en Venezuela, que se suman a los cientos de millones de dólares destinados a este fin desde hace 15 años. Ese es el dinero “blanco”, el legal, por supuesto no conocemos las cifras de las operaciones secretas de los servicios de inteligencia.

Una imagen, dicen, vale más que mil palabras, especialmente para los analfabetos. De un modo u otro nos estamos convirtiendo en analfabetos funcionales, sabemos leer, pero solo queremos mirar, y creemos todo lo que vemos. Por eso, la clave de toda esta estrategia, lo que realmente hace que funcione, es que el proceso completo sea convenientemente grabado y fotografiado, ya sabemos, gracias a Snowden, desde dónde se controlan las comunicaciones globales y por tanto quién va a editar esas imágenes para que podamos difundirlas, compartirlas y digerirlas con facilidad para defecar una opinión monolítica y teledirigida. 

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