Lea Vélez

El hijo y la Historia

"Espero que no solo se estudie el Holocausto, sino todas las persecuciones que ha alimentado en la historia la mezcla letal de política, mentira y búsqueda a cualquier precio del poder"

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El hijo y la Historia
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Lea Vélez

Lea Vélez

Lea Vélez es escritora. Su novela más reciente es “La sonrisa de los pájaros” (2019). Es autora también del ensayo literario "La Olivetti, la espía y el loro" (2017) y de la novela "Nuestra casa en el árbol" (2017)".

No soy judía ni de tradición ni de religión, pero llevo con cierto orgullo silencioso un nombre judío. Me llamo Lea, la versión italiana de Leah, primera mujer de Israel, y creo que, en mi caso, el hábito me hace un poco monje, aunque no es solo el nombre lo que marca una afinidad con la cultura sefardí.

Mi padre tuvo una enfermedad genética habitualmente asociada a la raza judía. Mi apellido, Vélez, es judío converso y no hay más que pasar unas pocas páginas del álbum familiar para ver en ciertos pelos ensortijados y narices de escriba el eco de aquella etnia que fue expulsada y obligada a la conversión en 1492. En mi árbol genealógico hay escribas, por cierto, al menos desde el siglo XVII. Profesión tradicionalmente asociada a los judíos.

Cuando era niña mis padres compraron un gran caserón en ruinas en el barrio de la judería de Toledo. Una viga grabada en caracteres hebreos era el foco de mi fascinación. Sobre ella se apoyaba la casa entera y cuatro siglos pesaban sobre sus espaldas arqueándola peligrosamente, pero aún sujetaba el mundo con sus estrellas de David, obstinada e indestructible. Aún sostiene el mundo en mi memoria.

La puerta de entrada tenía sus cerraduras originales del siglo XV, aunque, claro, una moderna había sido instalada encima. Mi padre me relataba la historia de que en alguna parte había una familia judía -tal vez en algún lugar de Israel- que aún conservaba su enorme llavín de hierro con la idea de volver algún día al hogar de sus antepasados. Un regreso que nunca fue. Los mismos sefarditas que conservan las llaves como testigos que pasan de generación en generación aún conservan el castellano roto de los reyes Católicos, o quizá… sea el castellano de las revueltas antisemitas del siglo XIV.

Porque cien años antes de la conocida expulsión de los judíos en 1492, las persecuciones de la etnia judía en Europa acabaron con la vida de cientos de miles de familias y obligaron al éxodo a cientos de miles.

Una de las primeras grandes masacres dirigidas específicamente a acabar con una minoría étnica, la judía, de nuestra historia europea pre-moderna fue motivada, como siempre, por las luchas de poder político y la crisis económica y moral agravada por la peste negra.  Sucedió en Estrasburgo el 14 de febrero de 1349. Varios cientos de judíos fueron quemados en la hoguera acusados de ser los causantes de todo lo malo en Europa. Las masacres se extendieron por el continente, llegando al apogeo en España en 1391. Sevilla, Barcelona, Toledo, Granada… judíos asesinados, quemados, acusados de herejía. Las guerras civiles, la penuria, la peste negra, la muerte de un tercio de la población europea y sobre todo, la ignorancia, hacían causa común y el pueblo judío, el diferente, aquel que parece sufrir menos las consecuencias quizá por sus hábitos religiosos de higiene, es acusado de envenenar los pozos con la miasma del terror. Y en tiempos de terror, la mentira es poderosa. La mentira es la bandera del mal y el fascismo se basa en la mentira.

La última gran persecución judía, la última gran masacre, ya pertenece al siglo pasado y bien entrados en este, muchos de nosotros, que por algún motivo sentimos muy fuerte el dolor de la persecución judía como si se contrajera la cultura del mundo en nuestra sangre, esa sangre que por diluida que esté, por cristiana que fuera hace tres siglos, sigue resonando, tratamos de pasar la antorcha del conocimiento. La responsabilidad de la madre o del padre, del estado, del maestro, es enseñar a los niños que hay un patrón de conducta.

Crisis económica más disgregación de la sociedad más búsqueda de poder, usan mentiras buscando un cabeza de turco para justificar su intolerancia y alcanzar el totalitarismo. Así de simple. Así es de siempre.

Ayer ponían en La 2 un reportaje sobre los campos de concentración y la falta de memoria que empieza a surgir en Europa, en el mismo corazón de Alemania. Llamé a mi hijo de doce años para que lo escuchara. Principalmente lo hice porque sabía que le iba a interesar, pues es un pequeño historiador, fanático del conocimiento del pasado. Dudé un segundo, porque, aunque ya sabe del holocausto, comprendí que aquello le iba a doler. La duda fue breve.

El hijo miraba la pantalla con sumo interés. En un momento dado, la narradora del documental dijo que casi dos millones de niños habían sido asesinados en el Holocausto. Me miró con los ojos brillantes y solo dijo: “¿Niños?”. No esperó una respuesta, asimilando por sí mismo.

Volvió a mirar a la pantalla y cuando acabó el reportaje fue el niño quién me explicó a mí todos los detalles que había aprendido en el colegio sobre las matanzas de la peste negra en el siglo XIV. Su historia comenzó así: “culparon a los judíos de envenenar los pozos de las ciudades. Los metían en barriles de vino y los arrojaban al río. Hubo matanzas en Colonia, Estrasburgo, Frankfurt, Mainz, donde arrasaron los barrios judíos. Los quemaron en la hoguera. Miles de judíos fueron quemados en la hoguera”.

El hijo de doce años fue quien me explicó a mí algo que yo nunca estudié en el colegio en España y que no sé si se estudia ahora, porque mis hijos siguen el currículo británico. Espero que sí. Espero que no solo se estudie el Holocausto, sino todas las persecuciones que ha alimentado en la historia la mezcla letal de política, mentira y búsqueda a cualquier precio del poder. La memoria no puede quedarse en el pasado reciente para alcanzar un significado global.

Es nuestro trabajo enseñarles historia. El suyo, aprenderla, profundizando en las lecciones de la realidad y en esa terrible facilidad con la que caemos de nuevo en los mismos desastres.

Es nuestro trabajo enseñarles que no hay nada peor que las grandes mentiras. Parte de ese trabajo nuestro como educadores es mostrarles los horrores de la historia. Protegerlos de ella, no los protege, nos destruye a todos como sociedad.

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